viernes, 18 de septiembre de 2026

Cuestión de alma



Breve introducción: 

El tiempo también puede ser un martirio, pero es necesario luchar contra él, hasta el último ápice de oportunidad. Siempre admiré con especial esmero a todas aquellos seres humanos eternamente jóvenes de alma, a pesar de haber vivido varias décadas y aunque el cuerpo en ocasiones se niegue a responder. Aquellos que se aferran a la vida y a la plenitud. Por favor, nunca abandonen su juventud.



Cuestión de alma


Gonzalo Arias


Ramiro había logrado, durante años, mantenerse al margen de la realidad. Aún conservaba el espíritu juvenil, aunque sus articulaciones le reprocharan a cada movimiento un nuevo criterio. Supo convivir incluso con las constantes recuerdos a su alrededor, hasta aquél fatídico día que decidió subir al ómnibus maldito. Una línea que generalmente no usaba. Recordaba entonces la importancia de mantenerse en lo cotidiano, cuando un desvío mínimo podía obligarlo a resignarse.


Ojalá nunca aquél amable joven le hubiera ofrecido su asiento. No era malo el gesto en sí, sino su insistencia. Ramiro se mantuvo firme en su negativa, y el muchacho parecía insistir en la necesidad de aliviar su condición de anciano. A la tercer insistencia le resultó molesto, y Ramiro se mostró notoriamente afectado. Hubiera querido enojarse e intimidarlo hasta el arrepentimiento, pero un suspiro entrecortado por una pena creciente fue lo mejor que pudo ofrecer.

Finalmente se rindió. Tomó asiento agradeciendo sin ninguna satisfacción, y el joven se mantuvo de pie el resto del viaje, lo cual no le suponía ningún problema.

Debía admitir que sus muslos suspiraron al tomar asiento. Una sensación gratificante. Pero el cansancio era también parte de los jóvenes. De los humanos en general. La fatiga no guardaba relación alguna con sus siete décadas recién adquiridas. ¿O sí?


No intentó socializar con su acompañante como solía hacer a diario. Era un momento de reflexión personal. Sólo dedicó su atención al atardecer rojizo y las rodillas aparentemente sanas de los corredores que copaban la rambla de Montevideo. Se preguntó si sería capaz de entrenar hasta alcanzar un nivel semejante, o si de pronto era tarde. Tarde para correr, tarde para rejuvenecer. Para vivir.


Refugiado en su alquiler perpetuo, se observó en el espejo salpicado de jabón. Halló algo que con anterioridad no había percibido, o que quizá, probablemente, sólo ignoraba. Extensos surcos se extendían a lo largo y ancho de su rostro. Las manchas en su piel cobraron vida y color alarmante. Aquello no era normal, pensó. Tampoco lo era la cantidad de pelo que yacía en su palma luego de frotar su cuero cabelludo. Parecía estar abandonando de pronto una de sus mayores virtudes, la cual despertaba admiración en los demás; la incompatibilidad de su apariencia con su edad real. Ya no recibiría elogios. Ya no trataría de generar aún más desconcierto al admitir que, en realidad, no seguía ningún tipo de tratamiento fortalecedor capilar ni de rejuvenecimiento; sino que se trataba únicamente de su genética privilegiada. El tinte castaño sutil pronto le resultó ridículo, hasta el punto que, en un acto impulsivo, deslizó la afeitadora por cada rincón de su cabeza, dejando al descubierto sus raíces corroídas por un blanco brillante.


Intentó reconocerse delante de un espejo mentirosamente realista. Colocó una toalla encima del reflejo revelador y se dispuso a abandonar su hogar que, por primera vez en su vida, dejó de inspirarle confianza. Algo parecía estar cambiando más de prisa de lo esperado. Todo perdía sus tonos coloridos y se tornaba una deprimente escala de grises. No quería transformar su espacio personal en el epicentro de su deterioro.

Se dispuso a intentar reavivarse con los últimos rayos de sol, pero incluso el clima se había puesto en su contra. Las nubes desbordadas amenazaban con enviar un diluvio de los que mantienen a los de su clase resguardados por posibles efectos secundarios de la humedad. Rodillas punzantes, caderas quejosas.


Intentó remediar la ansiedad con su amplia sonrisa característica, pero a pesar de los reiterados intentos, no surgió ningún efecto. Su semblante radiante ya no era más que un simple esboce forzado sin esencia. Intentó idear algún plan salvador, pero su mente no lograba encontrar un quehacer con la facilidad de hace poco más de una hora, antes de que aquél joven amable lo había tratado indirectamente de viejo incapaz. No tuvo mejor idea que deslizarse por un banquillo resbaladizo por la pintura reciente, y reflexionó sobre los efectos secundarios de la amabilidad y sus sinónimos. En verdad, las realidades particulares podían interpretar de la manera mas equívoca los principios más admirables. Eso le había sucedido a Ramiro. Su miedo más extenso y mejor guardado, se había materializado por un simple gesto de humanidad. La vejez había dejado de ser una elección, para pasar a ser un síntoma generalizado. Abandonó de pronto su visión del tiempo para amoldarse a lo mayoritariamente aceptado. Claro que era un error, y así lo entendía. Pero como todas las cosas que se aceptan únicamente por voluntad general o por sentimentalismo, el parásito ya se había expandido dentro de sí, incapaz de curarse.


Por primera vez en varias décadas de existencia se hundió en un sueño impulsado por el desgaste emocional. Una nueva sensación que, al despertar, le mantuvo dulcemente postrado en la profundidad de su negatividad.


Se puso de pie de un tirón, y debió agarrarse a una barandilla debido a un mareo repentino.


Quizá ya era hora de actuar como alguien de su edad. Sólo quizá, porque Ramiro bien sabía separar entre alma y cuerpo.


Lamentablemente el cuerpo se desgasta, pero el alma se mantiene intacta.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Algo se pudre

 Gonzalo Arias






Al día siguiente de un triste negocio, Ernesto Ferrajoli despertó con un malestar general que le obligó a permanecer recostado. Todos sus sentidos estaban afectados por una causa aún desconocida. Le llevó un buen rato percibir el ambiente contaminado con algo en avanzado estado de descomposición. Revisó primeramente los tachos de basura, para corroborar si había olvidado recoger comida de días anteriores. Sin embargo, todos estaban o bien vacíos, o con algún que otro envoltorio de dulces y botellas de refresco ya degustadas. Revisó el baño y las cloacas en general. Salió fuera, buscando algún desbordamiento o cañería congestionada.

A pesar de conocer las particularidades olfativas de cada animal en las horas posteriores al deceso, no lo asoció con ninguna peste ya conocida. El talento de poder distinguir olores putrefactos era un atributo aprendido inconscientemente a la fuerza en su querido barrio, de donde probablemente jamás se iría. En algún momento supo de su capacidad de diferenciar entre diferentes animales terrestres y aves muertas. Hasta incluso almacenó en su memoria el hedor de un cuerpo humano, cuando luego de varios días de no ver a su tío lo encontró colgado en los tirantes de la caballeriza rodeado de dípteros de distintos colores. Fue una experiencia de trauma retroactivo. Le llevó algunas semanas darse cuenta de lo que había presenciado. Aún intentaba descifrar cómo aquél viejo decrépito había logrado trepar hasta arriba y atar la soga de forma tan ajustada.


En fin. Seguía sin saber de dónde provenía la peste. Lo sentía a pesar de alejarse, por lo que comenzó a sospechar que emanaba de sí mismo. Lo confirmó en cuanto subió a su coche y manejó por una hora, y su nariz continuaba infeliz.

Regresó a su hogar, y se metió a la ducha. No dejó ni un recoveco sin enjabonar. Se sintió aliviado y limpio, pero aún así, el olor continuaba revoloteando. En un acto contorsionista, extendió su cabeza hacia los lugares más inalcanzables de su cuerpo, para intentar descifrar de qué zona provenía. Hundió su cara en la ropa recién quitada, sin éxito. Preparó su humilde bañera improvisada y permaneció allí, remojado como lentejas. Cubrió su nariz con un palillo de ropa, y se sumergió por una hora en una preparación jabonosa que terminó por resecar su piel. Se quitó el palillo y, al inhalar profundamente, a punto estuvo de expulsar la cena del día anterior. Nada había cambiado. Incluso resultaba aún más insoportable.


Se recostó en el sofá e intentó relajarse con aquella peste persistente sin origen. Siguió revoloteando en el asunto, y su mente comenzó a elaborar teorías explicativas. ¿Existía alguna enfermedad que provocara un síntoma semejante? ¿Qué posibilidad había de que algo en su interior estuviera... Pudriéndose? ¿Debía ir a emergencias?


De tanto sobrepensar, el beso que le estampó su novia le tomó por sorpresa. Al principio no ofreció resistencia, pero de pronto recordó su situación y la apartó con un empujón desmedido que provocó en ella una reacción mezcla de miedo y confusión. Ernesto intentó remediar lo sucedido con un abrazo, pero de nuevo se apartó. Ella se incorporó y volvió a acercarse.


  • ¿¡Qué mierda te pasa!? - reprochó ella, más que preguntar.

    Mierda es lo que vengo sintiendo el día entero sin ninguna explicación, pensó Ernesto.


  • Perdón... - dijo él, y seguía alejándose procurando que la peste no afectara también a Elena –. No creo que sea un buen momento para que estés acá.


Elena no hizo caso y comprendió que sucedía algo más. Sólo lo abrazó temiendo que estuviera en alguna especie de crisis emocional, lo cual no era extraño en su amoroso novio depresivo. Ernesto fue despejando su tensión poco a poco y, de repente, se rindió ante una dulzura imposible de despreciar.


  • Pero... ¿No sentís nada? - preguntó él.

  • Siento que te amo. Mucho.

  • Me refiero a... Algo. ¿No notas una peste súper fea?

  • ¿Qué? - Elena no esperaba aquello - ¿Te has cagado? - Bromeó. Pero Ernesto creyó que ella comenzaba a sentirlo.

  • No soy yo... Bueno, no sé... Realmente no sé.

  • ¿De qué hablás, Er?

  • ¿De verdad no...?

  • No siento absolutamente nada. Ni en el aire ni en vos tampoco. Estás un poco acelerado. ¿Te fumaste un porro? Sí... Tiene que ser eso. Sabés que te pega mal...

  • ¡No! ¡No fumé nada! - se percató de su alteración y se moderó a sí mismo –, no fumé nada, mi amor. Pero estoy preocupado. Estoy sintiendo algo... Un olor... Un olor muy asqueroso, ¡rancio!... Como algo pudriéndose. Pero no es un animal. No es nada en mal estado. No es el baño, no son las cañerías. Parece no ser nada cerca. Manejé una hora para escapar y no desaparecía. Así que llegué a la conclusión de que sale de mí. Me duché como cuatro veces... Me sumergí en agua con jabón... O mejor dicho, jabón con agua. Lavé la ropa reiteradas veces... Limpié la casa con hipoclorito puro, y parece que cada vez fuese peor. ¿De verdad no?..

  • ¡No! - Elena de verdad no percibía absolutamente nada, y comenzaba a impacientarse. Así que, para apaciguar también sus demonios, lo recostó sobre sí.


Ernesto no dijo nada más. Simplemente se relajó en los esponjosos pechos de su novia, y se quedó dormido por un rato. Al despertar, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Sentía el dulzor del perfume de Elena, y con él, una gran sensación de alivio.


  • ¿Se te pasó el mal viaje?

  • Te juro que no fumé nada.

  • Si vos decís...

  • De verdad, amor. No sé... De verdad hoy fue un día muy raro. Esa peste... No era normal. ¿Puede ser síntoma de algo?

  • No estoy segura. No soy médica... Pero alguna vez leí sobre algo que te hace sentir olores desagradables que en realidad no existen. O alterar aromas agradables y volverlos desagradables – pensó por un momento hasta que lo tuvo -, Fantosmia. Así se llamaba.

  • ¿Y a qué se debe?

  • Si mal no recuerdo podía deberse a algunos tipos de infecciones respiratorias. Pero no te persigas. ¿Seguís sintiéndolo?

Ernesto negó con la cabeza. Luego sonrió y hundió su cara nuevamente en aquél adictivo par de senos.


  • Ahora me hipnotiza tu perfume.

  • Bueno, quizá era algo pasajero. Si te sigue pasando, deberías hacerte ver. Aparte de eso, ¿Algún otro síntoma raro?

  • No. Realmente no.


Elena preparó la cena, y la noche sólo fue a mejor. Sin embargo, no pudo ella dejar de mencionar una cuestión. Aunque ésta vez, sin rodeos.


  • No creas que no me dí cuenta – dijo de pronto.

  • ¿Qué cosa? - Ernesto aguardó la respuesta con el tenedor a medio camino.

  • ¿Dónde están todas tus cosas?


Ernesto estuvo a punto de devolver una pregunta del estilo; ¿Qué cosas?, pero sabía perfectamente a qué se refería Elena. Simplemente sonrió con cierta melancolía, sin contestar.


  • Te vas a arrepentir – continuó ella.

  • Ya estoy arrepentido – confesó –. Pero es mejor así.

  • ¿Es mejor renunciar a tus sueños?

  • Los sueños tienen que tener cierta lógica y cierta probabilidad de éxito. No tengo ninguna de las dos.

  • La lógica es tu pasión, y la probabilidad de éxito únicamente es cero cuando no lo intentás.



Ambos giraron su cabeza simultáneamente y observaron con desilusión y melancolía aquella habitación vacía donde hasta hace unas pocas horas se extendía por todas partes una variedad de instrumentos musicales que se habían reducido a valor monetario.

Ernesto se quedó en silencio. Cenó y debió, desde entonces, ajustar sus reflejos. Dos por tres tendía a dirigirse hacia la habitación donde anteriormente relucía su estudio musical, y donde ahora el aislamiento sonoro no cumplía ninguna función.


  • Claramente no recuperé lo invertido hace unos años – dijo él – Pero considerando que eran instrumentos con tanto uso, creo que salí ganando.

  • Fue un pésimo negocio, Er.

  • ¿Por qué decís eso?

  • Es evidente.

  • De verdad gané dinero.

  • A eso me refiero. Fue tan pésimo acuerdo que solamente ganaste dinero. No importa que tan pocas sean tus posibilidades comparado con la grandeza de tus sueños. Eso no debería ser un motivo para abandonarlo. Por el contrario, debería ser la motivación más grande. El mayor éxito es nunca abandonar lo que te apasiona.

  • No voy a oponerme a todo lo que decís. Claro que tenés razón. Pero la verdad es que ya no tengo tiempo para eso.

  • Decir que no tenés tiempo para tus pasiones es dejar morir tus sueños.


El intenso perfume de Elena se marchó con ella tras la puerta, y la peste que anteriormente había estado atormentado a Ernesto, regresó con más tenacidad. Él comprendió entonces su origen. Efectivamente provenía de su interior; desde su cerebro y su corazón. Eran sus sueños que se estaban pudriendo.


Sólo comenzó a esfumarse en el momento en que Ernesto tomó una hoja de papel y comenzó a bosquejar una nueva canción.


jueves, 11 de junio de 2026

Humor, negro.

 Gonzalo Nicolás Arias



Compró unas flores plásticas e ingresó al cementerio. Demasiado caras, por cierto. Unas flores reales tal vez le costaría la única pierna que tenía. Por alguna razón, todavía estaba reacio a la prótesis. Por el momento le resultaba más cómodo el clásico par de muletas. Firmes, seguras. Confiables. Y más baratas.

De cualquier manera se sintió un poco avergonzado de las flores artificiales. Pero desde su perspectiva, eran una mejor opción. Eran casi tan atractivas como las orgánicas, pero con la ventaja de que perduraban en el tiempo. Como mucho podrían desteñirse hasta convertirse en una flor blanquecina. Sin embargo, eran carentes de espíritu. No eran realmente flores, sino una aproximación que lograba convencernos. Las flores reales poseían un encanto particular. El encanto de la poesía, de la minuciosidad del arte abstracto de la naturaleza. Pero era cuestión de días hasta que se convirtieran en pétalos marchitos sin ningún propósito. Más aún con el calor sofocante que invadía Montevideo en aquél Diciembre culminante.


Por eso, eran mejor opción las flores de plástico. Además, éste tarado no merece que gaste tanto en él, total, ya está muerto, pensó Fernando, y sonrió con cierta nostalgia.


Había sido el único sobreviviente de aquél trágico accidente de cuatro amigos. Los cuerpos cremados de Martin y Felipe, hermanos, descansaban ahora en el fondo de la Laguna Merín, por decisión familiar. Fernando no había comprendido nunca tal decisión. Los conocía bien, y podía afirmar que nada los unía con ese sitio en particular como para que sus cuerpos incinerados fueran a parar ahí. Sus restos habían sido excluidos de rituales privados, elevándolos (o reduciéndolos) a un vistazo general al caudal de agua. Fernando no podía evitar barajar la posibilidad de que alguien se hubiera tragado restos de cenizas humanas dándose un chapuzón.

Personalmente, había estado seis meses en cuidados intensivos, bordeando la muerte, hasta que logró recuperarse, por el módico precio de una pierna menos, quemaduras de tercer grado que le habían reinventado parte de su rostro y torso, y alguna que otra coyuntura ósea reforzada con titanio. Por lo demás, estaba bastante bien. Había sido el más afortunado.

Y el restante, era el negro Joaquín. Lo habían velado a cajón cerrado. No era más que un puzzle con cierta forma humana rebuscada descansando en un ataúd. Fernando soñó con el día de poder abandonar el hospital y visitar la tumba de su negro querido. El mejor de los cuatro. Su mejor amigo. Ese día por fin había llegado y, si bien no creía mucho en la fantasía de los cementerios y las conexiones, era la única forma que encontraba de poder acercarse a él una última vez. No crees en algo hasta que es la única opción.

Su tono de piel reflejaba la legitimidad de su apodo. Pero las bromas jamás iban dirigidas a ese aspecto. Joaquín tenía suficiente con ser cojo debido a una enfermedad congénita, y usaba gafas con tanto aumento que hacían ver sus ojos como dos faroles lejanos, lo que para sus amigos ya era un doble castigo de Dios. A Fernando se lo atacaba por el lado de su calvicie gestada ya desde la preadolescencia, y la histórica infidelidad de su mujer con su hermano. Martín, por su parte, sufría constantes halagos invertidos resaltando su tartamudez irrecuperable, y Felipe, quizá el menos afortunado, le caían bromas acerca de su cáncer. Pero aquella tendencia a fastidiar sobre el aspecto desgraciado más notorio de cada uno, superponiendo el divertimento por encima del sufrimiento, invertía los efectos negativos de las inseguridades y malas suertes. En alguna que otra reflexión grupal esporádica seria, se sinceraban sobre el impacto real de las bromas. Todos coincidían en que jamás se habían sentido ofendidos, porque todos buscaban lo mismo. La única vez más cercana a un enfado, fue cuando a Fernando se le ocurrió esconderle los lentes a Joaquín un Sábado de acampamiento, en plena noche sin ningún respaldo lumínico. La cólera fue en aumento a cada minuto. No podía valerse sin sus gafas en plena luz de día, menos a esas condiciones nocturnas. Fernando se los regresó a la media hora, por si acaso.






Aquél día quedó guardado en la memoria de todos. En aquellas ocasiones especiales entendían el verdadero valor de aquél cuarteto de amistades. Era un grupo selecto. Pocos habían por ahí capaces de ejecutar tanto destrato a la altura de las exigencias, y mucho menos soportarlo. Un destrato que en realidad reflejaba la necesidad de superar vivencias pasadas y reivindicar constantemente el cariño de cada uno, a cada uno.


  • Ahora estoy obligado a madurar. ¿Entendés lo que significa eso? - dijo Fernando, sentado frente a la lápida de Joaquín.


Esperó respuesta. Suspiró avergonzado al percatarse de la realidad. Pero su propia mente recreaba con exactitud la respuesta más probable que lanzaría el negro más querido de todos. No dudó en contestar.


  • Sí, probablemente piensen que estoy medio loco. Pero necesitaba hablarte, amigo – Fernando intentó retener sus lágrimas, pero éstas se empecinaron en salir en cantidades – No lo merecías. Ninguno merecía nada.

  • Claro que no – oyó decir en su mente a la voz de Joaquín – Pero la vida es así de perra. Te reías de mi por ser rengo, y ahora, estás más torcido que yo.

  • Al menos yo no me muevo como un péndulo. Y también sigo vivo, no como atún enlatado.

  • Prefiero estar del otro lado a salir a la calle con esa cara de Freddy Krueguer.

  • Hijo de puta...


La conversación se había vuelto tan espontánea que Fernando dudó de si realmente eran recreaciones de su cerebro. Fuera como fuese, era mejor que nada.


  • Te traje flores – dijo, a pesar de saber que recibiría críticas – Son de plástico, pero no importa.

  • Encima de cornudo, rata.

  • Deberías agradecer que tuve iniciativa. Por lo que veo nadie te vino a visitar, no tenés una puta flor. Es comprensible, sería como hablarle a un pollo desmenuzado.

  • Te fuiste al carajo.

  • Estamos a mano.


Fernando echó una carcajada a la vez que las personas a su alrededor lo observaban con cierta incomodidad. Pero ya ni siquiera prestaba atención. Sólo continuó hablando con su mejor amigo. Se le habían agotado las bromas, y la emoción tomó protagonismo.


  • Fue una imprudencia, negro – dijo Fernando – Una estupidez.

  • Sí. Claro que lo fue. Pero también fuimos felices.

  • No hay dudas de eso. Pero el costo fue demasiado alto.


Ésta vez, Fernando no escuchó respuesta. Continuó.

  • Sacrificaría nuestra amistad por verte con vida.

  • No se trata de sacrificar nada. Lo hecho, hecho está. Fuimos imprudentes. Nos costó la vida. Siempre fuimos idiotas. Sin embargo, si éste fue el costo de ser felices, con gusto volvería a pagarlo.

  • Negro, íbamos alcoholizados – Fernando se mostró molesto, elevó su voz, lo que llamó aún más la atención de las personas a su alrededor – Una estupidez totalmente evitable. No había necesidad...

  • Madurar es para frutas.

Fernando se mostró irritado ante tal frase cliché y reciclada.


  • Te extraño, negro. Y te amo. De verdad. No recuerdo la última vez que te lo dije, pero eso quiere decir que no solía decírtelo. Ahora ya no te tengo...

El llanto se hizo más agudo, y el pecho de Fernando comenzó a dar espasmos repetitivos que le impedían la circulación del aire. Debió respirar hondo para superar el malestar. La voz esperó a que terminara su teatro.


  • ¿Terminaste? - inquirió la voz de Joaquín, ridiculizándole – Sabía que en el fondo eras medio marica.

  • Te estoy hablando enserio, negro.

  • Bueno. ¿Me vas a obligar a ser blandito? Yo también te amo, amigo.


Fernando sonrió y rápidamente se sintió mejor.


  • ¿Abrazar la lápida cuenta como abrazarte a vos?


La voz echó una carcajada.


  • Sí. Pero tratá de no rallarla con los cuernos.

sábado, 25 de octubre de 2025

Somos Iguales

 G.N. Arias




Ambos sufrían por el mismo tipo de anécdota y su desolador desenlace. Sin embargo, Víctor parecía un poco más rencoroso que Pamela.


  • ¿Cuándo va a ser el día en que las mujeres dejen de preferir imbéciles?


Pamela lo miró de reojo, mientras oía. Prefirió no emitir comentarios. Su instinto femenino deseaba poder refutarlo, pero en su caso particular, últimamente venía siendo verdad. Aún así, se negó por completo a aceptar el siguiente comentario. Una afirmación típica que generaliza injustamente a todo el sexo femenino. Víctor lo entonó con convicción y demasiado resentimiento.


  • Al final del día, son todas iguales.


Le dirigió una mirada fulminante, esperando que fuera suficiente para que se retractara.


  • No incluyas a todas en el mismo saco – respondió.

  • Sí, sí. Bla, bla, bla. – Víctor contenía unos gestos de burla capaces de irritarla sobremanera – Todas se jactan de ser diferentes. Después hacen lo mismo que hacen todas.

  • ¿Qué es lo que hacemos todas?

  • Desechar al que las quiere de verdad, para irse con el payaso que las trata como mierda.

  • ¿Ah, sí? Pensé que eso hacían ustedes los “hombres”. - Pamela simuló unas comillas en el aire demasiado extensas que Víctor acompañó impaciente con su mirada. Le molestó tanto que deseó quebrarle los dedos.

  • Yo no soy así. Que ustedes elijan mal, es otra cosa.

  • Bueno, ya está, Víctor – culminó ella – Escuché tu historia por dos horas, y ni siquiera pude contarte lo que me pasó a mí.

  • Tampoco me interesa.

  • ¡Ah, claro! Es evidente. - recriminó Pamela, notoriamente decepcionada - Después somos las mujeres las culpables de todo.

  • Y... Sí.

  • ¿Sí, qué? ¡Imbécil!

  • Yo no te falté el respeto.

  • ¡Pero parecés idiota!

  • Idiota sos vos. Diez años de amistad y parece que no me conocieras.

  • El problema lo empezaste vos con la estupidez de que somos todas iguales.

  • Bueno, todas menos vos. ¿Te gusta así?

  • Me gustaría si lo dijeras con honestidad.


Ambos resoplaron al unísono y callaron. Después de un extenso silencio, sus miradas se cruzaron y rieron.


  • Somos un par de bobos – dijo ella.

  • Sí. No cambiamos más – Victor la abrazó contra su voluntad y le estampó un beso sincero en la mejilla – Ahora, contame qué pasó.

  • ¿Te interesa?

  • Sabés que sí.

  • Bueno – carraspeó y se acomodó en el pastito verde del Prado - Vamos con la tragedia.


No habían demasiadas variaciones con lo acontecido en la historia macabra de desamor que Víctor había expuesto momentos antes del altercado entre dos viejos amigos. Ambos habían apostado por individuos creados bajo el mismo concepto insensible. Comprendieron que no había sido buena idea ligarse con personas recién separadas y pretender un universo de maravillas desde el minuto uno. Probablemente éstos sujetos ni siquiera tuvieran la capacidad aún de discernir otra realidad más que la anterior. Tanto Pamela como Víctor habían padecido el más vergonzoso de los rechazos; Arriesgarse y pasar desapercibidos. Ambos creían ser capaces de reconocer a los históricos y peligrosos seres que sólo esperan llenar los vacíos para luego descartarlos como el envoltorio de un postre al que, de todas maneras, habían saboreado. Sin embargo, incluso siendo conscientes no podían evitar arrojarse al abismo de una buena palabrería.


  • ¿Será que tenemos el autoestima bajo? - preguntó ella.

  • Puede ser que sí, un poco. Pero no va tanto por ahí.

  • ¿Entonces?

  • ¿Qué mejor que un par de tarados como vos y yo, tan cálidos, tan bondadosos y dispuestos a llenarles sus vacíos mientras buscan maneras de reconstruir su relación irreparable?

  • Uh, qué fuerte.

  • Sí.


  • Lo bueno es que no somos como ellos – Dijeron al mismo tiempo. Se miraron, intentando convencerse y recomponerse mutuamente, pero ésta frase ya no brindaba ningún consuelo. Hacía tiempo que había perdido su efecto sanador.


  • ¿Te puedo preguntar algo sin que suene mal? - Lanzó Victor. Pamela reconoció el tono de inevitable incomodidad latente. Volvió a cambiar de postura en el pastito que ya no resultaba tan cómodo

  • Sí.

  • ¿Por qué nunca nos enamoramos?

  • ¿Qué?

  • Vos y yo.

  • Yo sí estuve enamorada muchísimas veces.

  • Me refiero a nosotros dos. ¿Por qué si nos creemos tan perfectos y diferentes, no estamos juntos? Nos hubiéramos ahorrado muchas decepciones.

  • ¿Estás enamorado de mí?

  • Claro que no.

  • ¿Entonces?

  • Es lo que pregunto.

  • ¿Qué querés saber? ¿Si estoy enamorada de vos?

  • ¿Lo estás?

  • ¡Claro que no!

  • ¿Entonces?

  • ¿Entonces qué?

  • Es lo que pregunto.


Victor esbozó una sonrisa y Pamela prefirió fingir demencia. Había habido una revelación.


  • ¿Ves? - continuó él – Al final no somos tan distintos a ellos. Sería todo demasiado fácil. Nos gusta complicarnos.

  • Parece que sí.

  • Somos humanos.

  • Somos todos iguales.

  • Exactamente eso. Ni las mujeres, ni los hombres. Somos todos, todos iguales. La diferencia radica en los principios de cada uno, Pamelita. Es independiente de nuestro género.

  • ¿Por qué cambiaste de idea tan de repente?

  • Siempre lo supe. Vos también. Todos lo sabemos. Pero... Cuando nos pasa, no somos críticos. Los efectos de las decepciones son peligrosos. Nos hace ignorar todas nuestras convicciones y, por el contrario, convencernos de ideas opuestas.

  • Somos humanos.

  • ¡Exactamente eso!

  • Somos todos iguales, entonces.

  • Quizá nosotros no seríamos capaces de usar a otros. Pero todos buscamos lo mismo; desafíos. Tu pretendiente y mi pretendienta se creen con la facultad de cambiar sus realidades irreversibles. Insisten por pura costumbre. Quizá por amor, pero un amor atrofiado. Para ellos, vos y yo somos lo contrario; paz servida en bandeja. Eso no es interesante. En el fondo sí quieren paz, pero que les cueste. Y si es bajo sus condiciones, mejor. Nosotros también buscamos desafíos y queremos paz a un precio caro. Sabíamos, en el fondo, que no era buena idea. Sin embargo, ahí vamos. Somos fáciles de endulzar, y ellos son buenos endulzantes.

  • Y bueno. Qué le vamos a hacer... Algún día vamos a dejar de aceptar migajas. Pero por ahora no.

  • ¿Por qué por ahora no?

  • Bueno... Voy a verlo mañana...

  • ¡Pamela! - reprochó él.

  • Es una despedida – justificó, incapaz de mantener el contacto visual – Ya le dejé en claro que no quiero volver a verlo después.

  • Por favor...

  • Sí... Lo sé.

Con la cabeza gacha, casi dieron por terminada la conversación. Pero Víctor no había sido totalmente sincero.


  • A lo mejor también la vea mañana...

  • ¡Victor!

  • ¡Ya sé, ya sé!

  • Lo tenías bien guardado, ¿Eh? Tanto sermón y filosofía emocional al pedo.

  • ¿Cómo que al pedo? No creo que haya sido al pedo. El hecho de que no siga un ejemplo no quiere decir que no pueda aconsejar lo contrario. Eso es una falacia de... Bueno, no recuerdo el nombre. Sólo estaba esperando que confesaras vos primera para no sentir tanta culpa.

  • Por favor...

  • Sí... Lo sé.


Se recostaron juntos en el pastito levemente incómodo. Observaron las nubes pasar por un buen rato, sin decir nada. Pretendían llorar, pero lo ridículo de la situación se prestaba más para la risa. Pero al intentar reír, se daban cuenta que sería más factible llorar. Así que no pudieron hacer otra cosa más que mantenerse neutros. Serios. Completamente inexpresivos. Sólo el cabello largo al viento de Pamela y los constantes parpadeos diferenciaban aquella secuencia de una fotografía inmortalizada.


Victor fue quien rompió el silencio.


  • ¿Seguro nunca estuviste enamorada de mí?


Pamela sonrió. Se incorporó para contestar. Víctor se mantuvo serio.


  • ¿Ves? Al final ustedes sí son todos iguales.


sábado, 28 de diciembre de 2024

"Reproches Modernos"

 


Gonzalo Arias



Recién cuando habían logrado vencer la dulzura engañosa de la costumbre, llegaron a la sana conclusión de que lo mejor era separarse. Evidentemente, los días posteriores habían sido una mezcla de arrepentimiento y convicción. Aún había deseo, de cierta manera, pero no había sido tan fatídico como creían. En los días de crisis, era una necesidad volver a estar mal. Aunque a esa altura todo se disipaba rápidamente. A lo mejor ninguno quería admitir que, al final del camino, no había sido lo que esperaban. Sería un despropósito decir que su relación había sido una pérdida de tiempo, aunque a veces era inevitable creerlo. Ambos tenían la sensación de que debían recuperar tiempo perdido, lo cual era una señal más bien deprimente. Un balance completamente pesimista de lo que habían sido tantos años de relación. Una gráfica en rojo infinita que traspasaba la lámina de papel. El verdadero culpable del desgaste variaba según la versión. Aunque en realidad, había sido obra de ambos. Las personas suelen buscar siempre un culpable y una victima cuando en realidad, en la mayoría de ocasiones, el desgaste se da por contribución mutua. Pero ese aspecto suele ignorarse. De ninguna manera seremos capaces jamás de repartir las virtudes y responsabilidades de manera equitativa.


Sofía y Martin solían creer que eran atómicamente idénticos, una idea que al principio les enorgullecía, pero con el tiempo les comenzó a disgustar. Se dieron cuenta que, mas bien, eran contrarios. No siempre ser iguales es una razón para continuar, a la vez que ser opuestos no supone un reto interesante para todo el mundo.

Incluso se opusieron en sus maneras de sobrellevar la ruptura. Sofía prefirió viajar y desconectarse completamente, mientras que Martin intentó crear nuevos vínculos y estar más presente con su entorno mas cercano, a quienes ahora creía haber abandonado por priorizar a su pareja.


El viaje de Sofía fue planeado con poca antelación. Solía preocuparle no tener un control absoluto sobre cada detalle de las cosas. Para ella, la planificación responsable era fundamental. Pero ésta vez, prefirió ser arrastrada por el azar. Eligió Geirangerfjord, Noruega, como destino. Necesitaba montañas, aire real, aromas distantes al combustible y concreto de la ciudad.


Alquiló una cabaña por internet, que fue lo único que le requirió más atención, sobre todo para asegurarse de que no le estafaran. Allí pasaría los próximos cuarenta días.


  • ¿Te vas cuarenta días? - quiso saber su amiga.

  • Sí. ¿Qué tiene de malo? - preguntó Sofía

  • No hay nada de malo con eso. Me encantará que te tomes unas vacaciones. Lo que no entiendo es por qué querés irte sin teléfono. Si me muero no vas a enterarte – bromeó.

  • Las personas hace cincuenta años atrás viajaban sin teléfono, y vivían tan bien...

  • Lo sé, pero ya no estamos en esas épocas. Es necesario estar conectados. Además, vas a estar del otro lado del mundo. Necesitás guiarte. Necesitás internet, el mapa, información.

  • Llevo un mapa de enciclopedia. Si me pierdo, pregunto. Mucha gente allá habla inglés.

  • ¿Un mapa de enciclopedia? Estás loca...

  • No lo digas...

  • No...

Su amiga solía molestarla diciéndole que la ruptura con Martin le había vuelto loca. Aunque ésta vez lo creía de verdad. Comprendía de principio a fin su necesidad de despejar su enredo mental Pero irse a un lugar desconocido por cuarenta días sin teléfono móvil, lo consideraba una aventura arriesgada.


  • Voy a estar bien, preciosa – le dijo, intentando disipar su entrecejo que denotaba preocupación – Llamaré cada semana para tranquilizarte.

  • Está bien, andá – dijo ella – No tenés por qué llamar. Vas a estar bien. Si es lo que querés, hacelo.


<<Necesitás internet, un mapa, información...>>


¿Realmente era necesario tanta conexión? ¿O nos han hecho creer que necesitamos depender de una pantalla? Ella creía que jamás todo aquello había sido una necesidad. Simplemente una facilidad. Y, como todo lo que involucra facilidades y dinamismo, el ser humano lo necesita.


Unas vacaciones extensas al otro lado del mundo, era todo lo que necesitaba. Pero incluso a sus treinta y cinco años, Sofía seguía necesitando la valoración de Mara, su amiga. Era el único ser humano imprescindible en su vida. Todos necesitamos alguien que valore nuestras decisiones, sea para bien o para mal. Agradecía que, a pesar de su preocupación, entendiera su decisión un tanto rudimentaria. Era una experiencia que llevaba años postergando, a la que Martin se había opuesto toda su vida. Conocer las montañas de Noruega, alquilar una cabaña de madera y vivir al ritmo de los lugareños por algunas semanas.


Era surrealista pensar en que, hoy día, resultara una rareza intentar desaparecer unas semanas desconectado del ritmo vertiginoso de la sociedad superconectada. Por suerte no tenía nadie a quien preocupar demasiado. Lastimosamente sus padres habían fallecido. Era hija única y tan sólo tenía una amiga, a la que últimamente veía cada vez que Mercurio se acercaba a la órbita de Neptuno. Bueno, quizá también Martin...


Con sus gafas exuberantes, su vaso térmico desbordante de café cargado y sus mejores prendas, partió un sábado a tempranas horas rumbo a tierras nórdicas. El Aeropuerto Internacional de Carrasco era un cementerio de viajeros dormitando. Sofía intentaba mantenerse en pie, pero ni el café lograba mantener sus párpados despegados. La realidad era que deseaba ya estar encima del avión, reclinada en su asiento designado retomando el sueño interrumpido. Esperaba superar pronto a ese momento tenso en el que la azafata expone su show teatral en el que indica la manera idónea de colocarse la mascarilla de oxígeno en caso de que el avión decida reventar en pleno vuelo acabando con las ilusiones de todo el mundo. Para luego sí, dar paso al instante mas preciado en el que reducen la intensidad de la luz para permitir a los viajeros un sueño más profundo.


Desgraciadamente la luz interior siguió brillando tan fuerte como el sol que comenzaba a impactar en un sector del avión. Justamente, claro está, en medio de su cara. Sofía maldijo haber olvidado su antifaz de dormir. ¿Qué persona respetable en éste mundo olvida algo tan básico para un viaje de mas de diez horas?


  • Estimados pasajeros – se interpuso una voz robótica - Informamos que, a partir de éste momento, está permitido el uso de aparatos electrónicos.

Sofía suspiró. Palpó su bolsillo, pensando en conectarse a la red wi-fi del avión y divertirse con algunos vídeos ridículos.

Pero lo recordó al instante.

Por un momento sintió un profundo arrepentimiento. Pero sabía que aquello no era más que algo pasajero. Desde hacía un tiempo venía intentado acostumbrarse a un proceso paulatino de reducir el tiempo que invertía en pasar pegada al teléfono deslizando el dedo, sin más, muchas veces sin recibir ni siquiera diversión a cambio.

Había guardado un par de libros en el bolso que llevaba consigo, pero eso implicaría levantarse del asiento y revolver el equipaje. En ese momento no estaba dispuesta, tal vez más tarde.

Echó un vistazo a las alternativas de entretenimiento más instantáneas que ofrecía la aerolínea. Deslizó la pantalla táctil ubicada frente a sí, y encontró algunas cosas que podían llegar a rellenar de manera aceptable el tiempo vacío. Invirtió incontables horas en nutrirse de documentales sobre vida extraterrestre, llegando a la conclusión de que era imposible estar solos en un universo tan extenso. Por último decidió torturarse emocionalmente reproduciendo Me Before You. El impacto sentimental de esa película seguía siendo tan intenso como la primera vez. Era de sus cintas predilectas. Aunque también le idiotizaba sobremanera. Comenzaba a rendirse ante la nostalgia, la de tipo engañosa. En ese momento sintió ansias impostergables de abandonar aquél avión y abalanzarse a los brazos de Martin.


Por suerte la estupidez le duró poco tiempo. Se había dormido en algún momento, y despertó debido a la inquietud de los pasajeros una vez informados de que comenzaría el proceso de aterrizaje. Sofía tardó algunos minutos en comprender del todo qué sucedía. Los ojos bizcos y repletos de lagañas como los de un gato cuando se le interrumpe se anhelada décima siesta del día. Su aliento apestaba, y su cabellera era una maraña de hilos negros sin dirección. Se avergonzó al pensar que quizá se la había pasado las horas roncando como un oso. Demoró en darse cuenta de que el pasajero sentado hacia el pasillo de la fila contigua, le dirigía la palabra con entusiasmo. Acomodó su pelo desorientado y despejó sus ojos con un violento frotamiento al percatarse de la belleza privilegiada de aquél hombre.


  • ¿Qué me has dicho? - preguntó, en un tono grave.

  • Estuviste muy ocupada durante todo el viaje – dijo él, sonriente – Envidio tu facilidad para dormir. ¿Cómo le haces?


A Sofía se le encendió la señal de alerta. Una sirena ensordecedora interior hizo vibrar su cerebro. Aunque le dolió, apenas le dirigió una sonrisa. El tipo parecía algo menor a ella, aunque no estaba muy segura. Notó como él se enrojecía de vergüenza. Probablemente se había sentido completamente ignorado. Pero Sofía no quería caer en la trampa macabra del destino. No habrían amores pasajeros en sus vacaciones. Castidad absoluta.





2




La ciudad de Oslo terminó por rogarle que disfrutara unos días más de su extensa y exclusiva nocturnidad. Pasó allí más de la cuenta, pero al quinto día abandonó la capital para sumergirse en otro vuelo hasta su principal destino: Geirangerfjord. Allí se alojaría en una cabaña bajo la ruta 63, al borde del río Geirangelva, una extensa masa de agua que fluye desde el lago Djupvatnet hacia el fiordo Geirangerfjord, pasando por el pueblo de Geiranger, donde Sofía sería por fin feliz. Una mujer montevideana intentando adaptarse a una cultura distante en el menor tiempo posible.


El último trayecto se trataba de un viaje corto de quince minutos en coche que le llevaría a destino. Pero prefirió utilizar sus pies como medio de transporte. Con su pequeña valija en mano y su monstruosa mochila que le hacía crujir la espalda, se lanzó hacia la aventura. Se sintió un poco anticuada al guiarse con su súper mapa impreso que en realidad supo luego que estaba desactualizado. De todos modos, le fue fácil encontrar alguien que supiera guiarle. Enfiló hacia la ruta 63, y desde allí descendió por un empinado valle que le permitió ingresar al pueblo de Geiranger más rápidamente. Aquello le costó algunos raspones. Su valija se le escapó de las manos y rodó colina abajo, pero el elevado precio que alguna vez había pago por ella confirmó su buena calidad. La valija le esperó allí abajo, mucho más entera que ella.

Su actitud kamikaze alertó a algunos lugareños que se acercaron con sigilo. Sofía se incorporó, tomó sus pertenencias desparramadas y sonrió. Pensó en que aquello había sido una mala idea y que se encargarían de regresarla nuevamente hacia Uruguay. Pero el tono que emplearon no fue duro ni mucho menos de desconfianza.


  • ¿Estás bien? - le preguntaron en noruego.


Sofía no entendió ni media palabra. Se limitó a sonreír nuevamente.


  • ¿Español? - preguntó. Pensó en que tal vez nadie hablaría español allí. Sorprendentemente, dos personas respondieron afirmativamente.



  • Nos preguntábamos si estabas bien – el acento era evidente.

  • Ah, sí. Muchas gracias. Estoy recontra bien.

  • ¿Recontra? - preguntó una chica noruega. Alta como un basquetbolista, rubia y ojos claros que Sofía no pudo distinguir si eran azules o verdes - ¿Argentina?

  • No, por dios. Soy uruguaya.

  • Ah, ya. Es que hace poco conocí algunos turistas argentinos y ya he escuchado la palabra “recontra” antes. Jamás comprendí cómo usarla correctamente.

  • Sí, tenemos costumbres y acentos muy parecidos. Pero a la vez somos muy diferentes. ¿Hay muchos argentinos acá?

  • La verdad es que no. Conocí unos pocos éste verano pero ya no están aquí. Tampoco hay gente América sur casi. El invierno comenzará pronto y aquí el turismo comienza a ser cada vez menos.


Sofía se sintió aliviada. En el transcurso de sus vacaciones no quería coincidir con nadie que le recordara su propia cultura ni similar. Quería estar en un mundo completamente alejado. A su vez, agradecía que hubieran personas que manejaran el español y algunos con tanta soltura como en el caso de la joven esbelta de pupilas multicolores.


Al adentrarse en el pueblo, Sofía comenzó a deleitarse con los primeros paisajes. Era principios de Diciembre. El clima estaba agradable, aunque le advirtieron que aquél solazo amigable era una anormalidad sin precedentes. En los próximos días las temperaturas descenderían drásticamente.


  • ¿Por qué venir en ésta época y no en verano? - A Sofía le resultó gracioso como un verbo podía resolver todas las conjugaciones que los extranjeros desconocían.

  • Porque el verano me deprime. Prefiero el invierno.

  • Oh, eres rara.

  • Puede ser que sí – Sofía sonrió.

  • ¿Dónde te quedarás?

Sofía extrajo un papel con la dirección exacta. Se lo extendió a la chica alta de color de ojos irreconocible, y le preguntó su nombre.


  • Mi nombre es Synnøve – respondió ella, un poco distante. La chica aún seguía concentrada en la dirección escrita en el papel.

  • ¿Qué pasa?

  • La dirección. ¿Estás segura que es aquí?

  • Y... Imagino que sí.

  • ¿Dónde lo has reservado?

  • Por Internet.

  • Ya. Lo mas probable es que te hayan estafado. - dijo, y sonrió – Pero eso no importa. Podemos conseguirte hospedaje.


Sofía no sabía como sentirse al respecto. Solía bloquear su tarjeta luego de hacer algún tipo de transacción por internet, por lo que no debería preocuparse. Aunque el dinero invertido en la cabaña fantasma probablemente ya estaba depositado en alguna cuenta de banco en algún paraíso fiscal.


Un detalle le sorprendió en cuanto fue capaz de percibirlo. Algo no cuadraba. El sol comenzó a ocultarse de pronto. ¿Era ya de noche?


  • ¿Qué hora es? - preguntó.

  • Ya son casi las tres y media.

  • ¿De la tarde? - su propia pregunta le resultó patéticamente evidente.

  • Claro.

  • Pero...

  • ¿Qué?

  • ¿Cómo puede estar anocheciendo a mitad de la tarde?

  • Aquí comienza a oscurecer por éstas horas. Recuerda que aquí... sitio alto. Aquí las cosas no son como en Aragui.

  • ¿Aragui?

  • ¿De dónde vienes?

  • Uruguay.

  • Eso quise decir.


Sofía sonrió. Al parecer Geiranger tenía mucho más para ofrecer de lo que imaginaba. Sería increíble poder vivir la experiencia de noches interminables.


El frío comenzó a resoplar de pronto. Sofía se refugió en su chaqueta, pero no fue suficiente. Era un frío punzante, helado en el sentido más amplio. Era como si aquella temperatura agradable inicial no hubiera sido más que una cálida bienvenida. El clima había perdido toda su compasión, y le obligó a acostumbrase rápido.


Synnøve la recibió en su casa. Sofía no sintió desconfianza en ningún momento. A la luz tenue de la cabaña, reconoció que los ojos de Synnøve eran grises. Fue algo espectacular, jamás había visto unas pupilas semejantes.


La joven vivía con su madre, una encogida anciana amable, que perfectamente podría incluso ser su abuela, y otra chica adolescente que supuso era su hermana pequeña. Ambas fueron amables y hospitalarias. Le ofrecieron algo caliente, y Sofía rápidamente logró vencer el frío.

Allí no habían cortinas. Los ventanales dejaban ver cada centímetro de paisaje posible. De pronto el viento se hizo aún más malévolo, y comenzó a nevar.


  • Hasta que al fín – dijo Synnøve – Ya se había tardado.

  • ¿Qué cosa?

  • La nieve. Has llegado tú y todo ha vuelto a la normalidad. ¿No serás, acaso, alguna especie de diosa del clima?


Sofía se sonrojó. Negó con decisión.


  • ¿Te gusta la nieve?

  • La verdad es que para mí es como un lujo. En Uruguay no hay nieve. Sólo heladas. ¿A ti?

  • Es bonita hasta cierto punto. Hay temporadas en las que se queda todo cubierto de nieve y ya no es tan bonito – se mostró algo preocupada al decirlo - ¿Quieres ayudarnos? Estábamos a punto de comenzar con las decoraciones navideñas.


Aquello le inundó el alma de felicidad. La cabaña, los ventanales. La nieve. La navidad latente. La hospitalidad. El espíritu festivo. Todo le resultaba algo completamente ajeno. Sin embargo, era un momento que siempre había estado esperando. Algo que desde siempre había formado parte de su escencia, sólo que jamás tuvo con quien exteriorizarlo y compartirlo con semejante entusiasmo.




3



Día 20


Es común asociar el rápido paso del tiempo con diversión. Pareciera que, cuanto más felices somos en un sitio con determinada compañía, el tiempo no es tu mejor aliado. Se empecina en marcharse pronto, y todo se torna efímero. Sofía, sin embargo, sentía que aquellos veinte días transcurridos habían sido una eternidad. Como si llevara años viviendo allí y todo aquél reducido grupo de habitantes fueran su familia.


A pesar incluso de la corta duración de los días en Geiranger y la temporada baja, habían demasiadas actividades para realizar. La naturaleza allí te ofrecía un constante abanico de posibilidades imposible de experimentar por completo y a detalle en cuarenta días. Los lugareños se habían encariñado con aquella forastera uruguaya que había llegado un día rodando por las colinas, estafada por Internet y buscando desesperadamente dónde quedarse, pero sobre todo buscando un poco de claridad mental. Aún seguía resguardándose en la cabaña de Synnøve. A diario Sofía le recordaba que le ayudara a encontrar otro sitio donde quedarse. No porque se sintiera mal allí. La realidad era que la calidez con la que era recibida fue acrecentándose cada día. Sólo no quería ser una molestia mas adelante. Cuando se lo planteó desde esa perspectiva, Synnøve se había mostrado notoriamente ofendida. Sofía ofrecía dinero a diario que muy rara vez aceptaban. No podía evitar sentirse un estorbo en ciertas ocasiones, aunque las personas en Geiranger se encargaban constantemente de hacerle sentir lo contrario. Para seguir acostumbrándose al estilo de vida de los lugareños, tan distante a sus apreciaciones, debía intentar dejar atrás muchas de sus propias costumbres. Al menos mientras estuviera allí.


En esos veinte días había memorizado todo el paisaje nevado del fiordo. Había intentando esquiar, pero luego de unos buenos golpazos abandonó la idea. Era importante darse cuenta cuando no se está hecho para determinadas actividades.

La Navidad había sido espectacular, y el año nuevo prometía el mismo entusiasmo festivo.

Las noches extensas eran lo más preciado para Sofía. Jamás había experimentado la sensación de adentrarse largas horas en un cielo oscuro con entera despreocupación. Pero aquella noche en particular, tuvo lugar un evento espectacular. Las condiciones climáticas permitieron avistar algo que Sofía jamás había tenido la oportunidad de presenciar; las auroras boreales. Incluso no sabía con certeza si era algo real. Se trata de un fenómeno natural exclusivo de las zonas polares. El cielo aquél día se tiñó de una amplia variedad de tonos azulados, verdes y rosados, que zigzagueaban en el firmamento como si de una coreografía milenaria se tratase.





Sofía escaló una pequeña zona montañosa hasta donde su limitación física humana se lo permitió. Luego se desplomó en la cúspide de una roca desde la cual se observaba el evento con mucha más nitidez y amplitud.


Fue mágico. Pareció como si aquella luminosidad multicolor hubiera despertado en ella la más absoluta paz. Deseó que ese momento fuese eterno. Quería detener la vida y el tiempo en ese preciso instante. Deseaba que esa experiencia fuese un bucle constante por el resto de la eternidad. Sentía que ya no habría nada más increíble por vivir. Rodeada de desconocidos que ya eran más que muchos conocidos.


Sofía sintió plenitud, quizá por primera vez en su vida. Alejada por completo de su espesa vida rutinaria que había abandonado por cuarenta días, había aprendido a sobrevivir sin la obligatoriedad de permanecer con el ícono en verde encendido todo el día y tecleando a todo mundo.


Por un momento se preguntó como estarían las cosas al otro lado del planeta, allí, en su tierra, en su entorno. Su país. Un país que tanto amaba, a su manera , pero del que decidió escaparse un rato largo. Dedicó unos momentos en pensar en Martin, y como estaría sobrellevando las cosas. Era fin de semana e intentó deducir con quién estaría acostada su amiga en ese preciso momento. Sonrió.


Sofía no sabía que por allí las cosas no iban tan bien.





4


Día 39


Enero iba encaminado hacia la mitad, y las vacaciones a su fin. Aquél día Sofía despertó por última vez en Geiranger. Observó todo a su alrededor por última vez. La cabaña, la madera inamovible de las cuchetas que jamás había escuchado quejarse, el entorno; pequeño pero acogedor. Synnøve, su familia. La gente del lugar. Recordaría aquello por siempre. Pero había algo mejor; sabía con toda seguridad que volvería pronto.

Aprontó sus cosas intentando no alterar el silencio interior. Sólo se distinguía el resoplido porfiado del viento, y la nieve que comenzaba a espesarse cada vez más. Se dio un baño de agua caliente, se preparó un desayuno acompañado de mate. Se dio cuenta de que en casi cuarenta días, era apenas la segunda vez que tocaba el mate. La primera había sido para participar en una charla profunda de intercambio de costumbres. Synnøve había entendido por fin como emplear la palabra “recontra”, y muchos otros modismos rioplatenses que le resultaron divertidos. Sofía percibió allá por el día quince que había logrado arraigar profundamente el “Ta” uruguayo en el vocabulario de Synnøve; Un modismo multifuncional capaz de encajar en cualquier ámbito sin excepción alguna.


Pero algo extraño sucedía aquél día. No había nadie allí. Ojeó por las ventanas traseras, pero no alcanzó a ver nadie caminando por las calles. Quizá por la gruesa capa de nieve, las personas habían decidido resguardarse. La cuestión era que Sofía debía estar en el aeropuerto en media hora, y no habían rastros. No quería irse así, sin más, pero no quedaba otra opción.

¿Habían salido? ¿Volverían pronto? ¿Habían olvidado que hoy era su último día? Sofía consideró la última opción, pero rápidamente la descartó. Se habían pasado la noche hablando sobre el tema, y sobre cuánto se iban a extrañar, además de enfatizar y procurar otra visita de cuarenta días muy pronto.


Se apenó, realmente. No sabía los motivos, pero Synnøve y su familia no estaban allí. Alguien se había ofrecido en llevarla, y esperaba que aquél abuelo llamado Matt que vivía a dos calles tampoco se esfumara. De lo contrario no habría forma de salir de allí. Arrastró con dificultad sus dos maletas y, al abrir la puerta, se llevó un susto. Un agradable susto.


Su fotografía mental no alcanzó a captar todos los rostros que le esperaban allí fuera. Todas aquellas personas le aguardaban para escoltarla hacia el aeropuerto. Sofía se emocionó, pero el frío de fuera congelaba sus lágrimas antes de que llegasen a sus mejillas.


Fue una larga despedida. Incluso debió agradecer y saludar a personas que no recordaba haber visto. Dejó su contacto a Synnøve, quien lagrimeó desconsoladamente.

Todo aquello había sido de una rareza demencial. Interesante, sanador, e inolvidable. Pero de todas formas, no dejaba de ser una raro. Una rareza que allí parecía ser una forma de vida.



Una vez en el avión, se recostó y deseó nuevamente que en algún momento se quedase dormida indefinidamente como en el viaje de ida. Una vez que los dos asientos contiguos fueron ocupados, se quedó allí, expectante. Geiranger ya había pasado a ser recuerdo. Esperaba volver antes de que la mente comenzara a dudar y las anécdotas se tornasen confusas.


Cerró sus ojos, e intentó perderse en sueños. Aún así, el destino le tenía otros planes.


  • Hola – dijo alguien a su costado. Su voz denotaba amabilidad.


Sofía ignoró aquello. Pero abrió los ojos en cuanto consideró la posibilidad de que quizá se estuvieran dirigiendo a ella. Y en efecto así fue.

El mismo tipo que había lanzado la caña de pescar sin éxito en el viaje de ida, volvía a hundir el anzuelo en las aguas tormentosas de Sofía.


Ésta vez ella sonrió, como voto de confianza. El joven le devolvió el gesto.


  • Qué casualidad – dijo él. Su voz imponía una confianza inmediata, algo que a Sofía le solía desagradar en las personas. Pero ésta vez le encendió.

  • No creo en las casualidades – dijo ella, convencida. Se mordió el labio inferior instintivamente – Todo siempre pasa por algo.




5



Se llamaba Máximo y quería coronar ese mismo día. El tipo del avión se había puesto cachondo ni bien bajar de la nave. Sofía descartó la posibilidad de raíz, antes de que se volviera un estorbo y no quisiera volver a saber de él. Le resultaba atractivo y con una inteligencia muy por encima de la media, pero era evidente que el cansancio le afectaba la claridad mental. Además, después de casi quince horas de viajes entre escalas y retrasos, lo que menos quería era ir a tomar un café y comenzar un nuevo ciclo de enamoramiento. Le dejó su numero de contacto y se abalanzó al primer taxi que encontró. Su excusa fue una razón real; cansancio. Sólo quería darse una ducha para luego dormir sin alarmas ni contratiempos. El viaje de vuelta había estado plagado de interrupciones.


El clima acelerado de la ciudad de Montevideo amenazaba con destronar en cuestión de minutos toda su paz generada en Geiranger. Sofía intentó ser indiferente, al menos hasta llegar a su hogar y resguardarse allí, con las persianas bajas buscando el mayor aislamiento sonoro.

Su apartamento se encontraba en plena Avenida 18 de Julio, por lo que había logrado aprender a ignorar el barullo incesante.

Luego de una ducha extensa alternada entre agua caliente y fría, ojeó a la mesilla de noche y avistó a un viejo conocido. Su teléfono aún descansaba en el mismo lugar. Una gruesa capa de polvo colmaba su pantalla. Al levantarlo, la marca rectangular quedó perfectamente dibujada en la masilla que también sufría hiperpoblación de residuos microscópicos. Intentó encenderlo, pero la batería estaba tres metros bajo tierra. Ni siquiera contaba con un ápice de energía para mostrar la típica señal roja de batería baja. Conectó el teléfono moribundo directo a la electricidad, y casi pudo oír cómo el aparato suspiraba, reviviendo luego de cuarenta días.





  • No te extrañé para nada – dijo, mirando el ícono de manzana mordida – Pero ya que estamos aquí... A ver qué me traes de novedoso.


En algún momento, Sofía se quedó dormida en el sofá junto a su cama. Luego se despertó, y la posición en la que se encontraba le había generado una contractura que solucionó con un violento estiramiento. Se tiró en la cama y durmió indefinidamente. Despertó a la noche, con los pies en la tierra y la mente mas allá de Kepler-22. Le dolía la cabeza de tanto dormir. Sin embargo, aquél malestar duró poco. La sensación de satisfacción única que se siente cuando se descansa debidamente despejó cualquier molestia física. Fue abriendo sus ojos paulatinamente para poder acostumbrarse al brillo del teléfono. Digitó su clave sim y luego su clave de desbloqueo. Configuró el móvil en modo vibración, y lo dejó a un costado esperando que todas las notificaciones suspendidas por cuarenta días cayeran como granizos. El teléfono vibró tres minutos seguidos sin descanso. La mayoría de notificaciones eran noticias sin relevancia recomendadas por Google. Despejó todas y cada una de ellas, y sintió una necesidad primaria de hablar con su amiga. La llamó, pero no obtuvo respuesta. Ni siquiera el contestador. Entró a Whatsapp y fue indiferente a la cantidad de mensajes que tenía. No tenía intención de leerlos. Probablemente fueran cosas vinculadas al trabajo. Clientela molesta sin escrúpulos. Ni siquiera los ojeó por encima para captar algo que llamase su atención. Buscó directamente el nombre de su amiga. Tenía un mensaje de ella, de hacía 35 días.


Te extraño. Me quiero asegurar de que realmente no llevaste tu teléfono.


Sofía le escribió una tanda interminable de mensajes.


Tampoco obtuvo respuesta.


Un desolado tic mostraba que el mensaje apenas había sido enviado, pero no había llegado aún a destino. Pensó en la posibilidad más común. Quizá ella tenía su teléfono apagado. Pero le resultó extraño de todos modos.

Luego de algunos intentos más, se rindió. No quería seguir insistiendo. Tal vez estaba ocupada y era cuestión de tiempo para que le devolviera la llamada.

Había entrado nuevamente en un estado dormitivo cuando su teléfono sonó. Le costó entender lo que veía en pantalla, aún se sentía confusa. Cuando la lucidez fue suficiente, atendió la llamada.


  • ¡Amiga! - dijo Sofía. Su tono era somnoliento a la vez que alegre - ¿Dónde estabas, maldita?


El silencio sepulcro fue la peor respuesta que Sofía escuchó en años. O quizá en toda su vida. Pudo oír también un leve suspiro del otro lado. Un suspiro agitado y desolador.


  • ¿Hola? - insistió.

  • Hola – respondieron del otro lado. Aquella voz no era la de su amiga.

  • ¿Mara?

  • No – respondió una voz lúgubre – Elizabeth.

Elizabeth era la hermana menor de Mara. Sofía apenas sabía de su existencia. Intentó asignarle un rostro en su mente, pero le fue imposible. A pesar de que Mara y Sofía compartieron muchos años de amistad, sus familiares eran enigmas. Mara por alguna razón jamás había querido presentarlos, mientras que Sofía, directamente, no tenía familiares que presentar.


  • Ah, hola, Elizabeth. ¿Cómo estás?

  • ¿Cómo puedo estar? - respondió ella, notoriamente desafiante.

    Sofía se quedó expectante. Esperando algo más. Elizabeth también esperó algo.

  • ¿Cómo está Mara?

  • Claro... ¿Cómo ibas a saberlo, no?

  • ¿Saber qué?

  • Mirá, perra puta. No quiero que vuelvas a llamar, ¿Me oíste? Olvidate de éste número, y olvidate de Mara – Su tono se fue acrecentando – Siempre tuve razón. Había algo de vos que no me cerraba. Siempre fuiste una mierda, una basura... ¿Eran tan importantes tus vacaciones de mierda que no fuiste capaz de visitarla un mísero día? Hija de puta... No me extraña que Martin haya terminado así...

Un impulso repentino obligó a Sofía a colgar el teléfono. Su corazón latía más allá del millón de pulsaciones. Se quedó un minuto observando su pantalla, como esperando que el propio teléfono móvil le le brindara una explicación de lo que acababa de ocurrir.


Deslizó la pantalla hacia la derecha, y seleccionó Whatsapp. La aplicación indicaba incontables gigas en mensajería. A Sofía no le había resultado extraño, pero en verdad lo era.

Pero había algo incluso más fuera de lo común. Había una larga lista de chats de números desconocidos. Algunos dejaban ver una foto de perfil que permitía reconocerlos, otros estaban configurados para no revelar su identidad. Estos últimos eran los que solían ser más agresivos. Sofía ignoró por completo aquellos individuos en cuanto supo que la gran mayoría de mensajes de números que no mostraban fotos de perfil eran insultos sin ningún motivo aparente.


Aparente.


Sofía se detuvo un momento. Luego de un largo rato de disgusto y confusión, un mensaje reciente le brindaría todas las respuestas y mucha más intranquilidad.



Hola, Sofía. Soy Sandra, mamá de Mara. Te pido disculpas por la reacción que tuvo mi hija Elizabeth recién. Jamás tuve la oportunidad de conocerte a pesar de que Mara siempre me habló maravillas de vos, y todo lo que significabas para ella. No sé si te habrás enterado ya, pero mi hermosa Mara ha fallecido hace unas semanas. Fue repentino. Al parecer, una cuestión cardíaca. Nadie se lo esperaba. Una muchacha sana... Estuvo algunos días sedada hasta que finalmente no resistió. El daño se volvió irreversible. Tuvo algún momento de lucidez en los que pudimos hablar con ella. Ya sabíamos lo que vendría luego. Cuando alguien que está condenado mejora de pronto, siempre es un mal augurio...

Quiero que sepas que ella preguntó por ti en todo momento. Mara se fue recordándote. También te odié cada vez que ella rezaba tu nombre y tu no estabas ahí. Tenía la esperanza de que esa fuera su cura. Pero si bien a veces me puedo dejar llevar por los impulsos, también soy capaz de reflexionar en frío. Entiendo que estabas de vacaciones y todo ésto te ha tomado por sorpresa... Nadie está preparado para algo así... Me pongo en tu lugar y ha de ser una situación horrible. Si quieres podemos vernos en algún momento para hablar sobre todo lo que ha pasado. Te avisaré en cuanto mis fuerzas me lo permitan. Te mando un abrazo apretado. Te pido por favor, no hagas caso a ningún mensaje fuera de lugar. Sé que te han llegado muchos. Nada de ésto es tu culpa ni responsabilidad.


PD: Siento mucho lo de Martin. Te abrazo nuevamente.


Saludos, Sandra.


¿Qué?...



“PD: Siento Mucho lo de Martin”


“No me extraña que Martin haya terminado así”




6





El golpe en el rostro aún le escocía. Al beber café, la herida en el labio le hacía brincar de una manera insoportable. Pero el café era su único aliado en ese momento.





Mara había fallecido en vísperas de Navidad, y Martin algunos días antes. Sofía se había presentado en casa de quien fuera su cuñada, recibiendo un golpe en la cara que había puesto un fin abrupto a varios años de buena relación ininterrumpida. Nadie alrededor de las familias de Martin ni de Mara querían verla aparecerse a menos de cien metros.

Ésta vez no había elegido la mesa contra la ventana que daba hacia la calle. Sofía sentía un injusto sentimiento de incomodidad. Como si cada mirada que chocara con la suya le juzgara sin piedad ni compasión. No había sido capaz de llorar aún. Había hecho todo lo posible para evitar ese fatídico momento. Se la había pasado en la calle, yendo de un lugar a otro tratando de engañar su mente.

Sandra se apareció de pronto delante de sus ojos. Se saludaron unicamente con un mínima mueca milimétrica.

Hablaron ininterrumpidamente más de una hora. A pesar de su aparente compresión, Sofía podía percibir cierto desinterés y rabia acumulada en los ojos de Sandra. No sabía si en verdad estaba allí tratando de luchar contra su interior, y en realidad tenía ganas de estrangularla. Sandra no tuvo mucho más que comentarle acerca del fallecimiento de su hija. Los médicos habían dicho que se había tratado de una arritmia severa que terminó con su deceso en días posteriores. Realmente se la notó incapaz de hablar acerca de su hija mayor. Sofía intentó desviar la conversación, pero la realidad es que tampoco existía interés de ignorar la situación. El silencio hubiese sido la mejor opción.

Sofía tampoco había podido saber qué había sucedido con Martin. Esperaba que Sandra hiciera algún comentario. El momento tardó, pero llegó.


  • Nuevamente, lamento lo de Martin.

  • Gracias. Pero la realidad es que ni siquiera sé qué fue lo que pasó... Me siento completamente perdida.

  • Como te dije antes, no hagas caso a los comentarios fuera de lugar – Sandra hizo una pausa , y prosiguió - ¿Realmente quieres saberlo?

  • Si – En realidad no.

  • Martin se suicidó, Sofía – comentó, y aquella confesión pareció dolerle tanto como cuando intentaba hablar de su hija – Mara me lo comentó en su momento. Quería contactarte, pero le fue imposible. Dijo que te habías ido de vacaciones y pretendías desconectarte del todo. Ella asistió a su velatorio. También recibió algunas increpaciones. Ellos creen que Martin se suicidó por tu culpa. Decía estar muy afectado por la ruptura. Muchos de sus familiares necesitaban desquitarse con alguien, y fue Mara quien recibió todo el desahogo. No respetaron ni siquiera un momento tan delicado como ese.


Sofía no pudo contenerse más, y comenzó a llorar desconsoladamente. Un mozo apareció de pronto con un vaso de agua, el cual Sofía agradeció.


  • Nada de ésto es tu culpa, niña – dijo Sandra.


Pero Sofía leía otra cosa en sus ojos. Parecía como si ahora ella se sintiera aliviada viéndola sufrir. Abandonó el lugar.

La tristeza se transformó rápidamente en ira. Gritó con tal vehemencia que las personas alrededor se abrieron y procuraron permanecer alejados de ella.


Recibió un mensaje desde otro lado del mundo. Rió contra su voluntad.


Su respiración volvió a la normalidad. Las lágrimas le resultaron de pronto una demostración innecesaria. Claro que nada de aquello era su culpa. Sólo sentía cierta inquietud. Un sentimiento que probablemente jamás se apaciguaría.


Su error fue simplemente pensar en ella misma. Su error fue querer apartarse del mundo, por cuarenta días.


Su error fue desconectarse.







Cuestión de alma

Breve introducción:  El tiempo también puede ser un martirio, pero es necesario luchar contra él, hasta el último ápice de oportunidad. Siem...