Gonzalo Arias
Recién cuando habían logrado vencer
la dulzura engañosa de la costumbre, llegaron a la sana conclusión
de que lo mejor era separarse. Evidentemente, los días posteriores
habían sido una mezcla de arrepentimiento y convicción. Aún había
deseo, de cierta manera, pero no había sido tan fatídico como
creían. En los días de crisis, era una necesidad volver a estar
mal. Aunque a esa altura todo se disipaba rápidamente. A lo mejor
ninguno quería admitir que, al final del camino, no había sido lo
que esperaban. Sería un despropósito decir que su relación había
sido una pérdida de tiempo, aunque a veces era inevitable creerlo.
Ambos tenían la sensación de que debían recuperar tiempo perdido,
lo cual era una señal más bien deprimente. Un balance completamente
pesimista de lo que habían sido tantos años de relación. Una
gráfica en rojo infinita que traspasaba la lámina de papel. El
verdadero culpable del desgaste variaba según la versión. Aunque en
realidad, había sido obra de ambos. Las personas suelen buscar
siempre un culpable y una victima cuando en realidad, en la mayoría
de ocasiones, el desgaste se da por contribución mutua. Pero ese
aspecto suele ignorarse. De ninguna manera seremos capaces jamás de
repartir las virtudes y responsabilidades de manera equitativa.
Sofía y Martin solían creer que eran
atómicamente idénticos, una idea que al principio les enorgullecía,
pero con el tiempo les comenzó a disgustar. Se dieron cuenta que,
mas bien, eran contrarios. No siempre ser iguales es una razón para
continuar, a la vez que ser opuestos no supone un reto interesante
para todo el mundo.
Incluso se opusieron en sus maneras de
sobrellevar la ruptura. Sofía prefirió viajar y desconectarse
completamente, mientras que Martin intentó crear nuevos vínculos y
estar más presente con su entorno mas cercano, a quienes ahora creía
haber abandonado por priorizar a su pareja.
El viaje de Sofía fue planeado con
poca antelación. Solía preocuparle no tener un control absoluto
sobre cada detalle de las cosas. Para ella, la planificación
responsable era fundamental. Pero ésta vez, prefirió ser arrastrada
por el azar. Eligió Geirangerfjord, Noruega, como destino.
Necesitaba montañas, aire real, aromas distantes al combustible y
concreto de la ciudad.
Alquiló una cabaña por internet, que
fue lo único que le requirió más atención, sobre todo para
asegurarse de que no le estafaran. Allí pasaría los próximos
cuarenta días.
¿Te vas cuarenta días? - quiso
saber su amiga.
Sí. ¿Qué tiene de malo? -
preguntó Sofía
No hay nada de malo con eso. Me
encantará que te tomes unas vacaciones. Lo que no entiendo es por
qué querés irte sin teléfono. Si me muero no vas a enterarte –
bromeó.
Las personas hace cincuenta años
atrás viajaban sin teléfono, y vivían tan bien...
Lo sé, pero ya no estamos en esas
épocas. Es necesario estar conectados. Además, vas a estar del
otro lado del mundo. Necesitás guiarte. Necesitás internet, el
mapa, información.
Llevo un mapa de enciclopedia. Si
me pierdo, pregunto. Mucha gente allá habla inglés.
¿Un mapa de enciclopedia? Estás
loca...
No lo digas...
No...
Su amiga solía molestarla diciéndole
que la ruptura con Martin le había vuelto loca. Aunque ésta vez lo
creía de verdad. Comprendía de principio a fin su necesidad de
despejar su enredo mental Pero irse a un lugar desconocido por
cuarenta días sin teléfono móvil, lo consideraba una aventura
arriesgada.
Voy a estar bien, preciosa – le
dijo, intentando disipar su entrecejo que denotaba preocupación –
Llamaré cada semana para tranquilizarte.
Está bien, andá – dijo ella –
No tenés por qué llamar. Vas a estar bien. Si es lo que querés,
hacelo.
<<Necesitás internet, un mapa,
información...>>
¿Realmente era necesario tanta
conexión? ¿O nos han hecho creer que necesitamos depender de una
pantalla? Ella creía que jamás todo aquello había sido una
necesidad. Simplemente una facilidad. Y, como todo lo que involucra
facilidades y dinamismo, el ser humano lo necesita.
Unas vacaciones extensas al otro lado
del mundo, era todo lo que necesitaba. Pero incluso a sus treinta y
cinco años, Sofía seguía necesitando la valoración de Mara, su
amiga. Era el único ser humano imprescindible en su vida. Todos
necesitamos alguien que valore nuestras decisiones, sea para bien o
para mal. Agradecía que, a pesar de su preocupación, entendiera su
decisión un tanto rudimentaria. Era una experiencia que llevaba años
postergando, a la que Martin se había opuesto toda su vida. Conocer
las montañas de Noruega, alquilar una cabaña de madera y vivir al
ritmo de los lugareños por algunas semanas.
Era surrealista pensar en que, hoy día,
resultara una rareza intentar desaparecer unas semanas desconectado
del ritmo vertiginoso de la sociedad superconectada. Por suerte no
tenía nadie a quien preocupar demasiado. Lastimosamente sus padres
habían fallecido. Era hija única y tan sólo tenía una amiga, a la
que últimamente veía cada vez que Mercurio se acercaba a la órbita
de Neptuno. Bueno, quizá también Martin...
Con sus gafas exuberantes, su vaso
térmico desbordante de café cargado y sus mejores prendas, partió
un sábado a tempranas horas rumbo a tierras nórdicas. El Aeropuerto
Internacional de Carrasco era un cementerio de viajeros dormitando.
Sofía intentaba mantenerse en pie, pero ni el café lograba mantener
sus párpados despegados. La realidad era que deseaba ya estar encima
del avión, reclinada en su asiento designado retomando el sueño
interrumpido. Esperaba superar pronto a ese momento tenso en el que
la azafata expone su show teatral en el que indica la manera idónea
de colocarse la mascarilla de oxígeno en caso de que el avión
decida reventar en pleno vuelo acabando con las ilusiones de todo el
mundo. Para luego sí, dar paso al instante mas preciado en el que
reducen la intensidad de la luz para permitir a los viajeros un sueño
más profundo.
Desgraciadamente la luz interior siguió
brillando tan fuerte como el sol que comenzaba a impactar en un
sector del avión. Justamente, claro está, en medio de su cara.
Sofía maldijo haber olvidado su antifaz de dormir. ¿Qué persona
respetable en éste mundo olvida algo tan básico para un viaje de
mas de diez horas?
Sofía suspiró. Palpó su bolsillo,
pensando en conectarse a la red wi-fi del avión y divertirse con
algunos vídeos ridículos.
Pero lo recordó al instante.
Por un momento sintió un profundo
arrepentimiento. Pero sabía que aquello no era más que algo
pasajero. Desde hacía un tiempo venía intentado acostumbrarse a un
proceso paulatino de reducir el tiempo que invertía en pasar pegada
al teléfono deslizando el dedo, sin más, muchas veces sin recibir
ni siquiera diversión a cambio.
Había guardado un par de libros en el
bolso que llevaba consigo, pero eso implicaría levantarse del
asiento y revolver el equipaje. En ese momento no estaba dispuesta,
tal vez más tarde.
Echó un vistazo a las alternativas de
entretenimiento más instantáneas que ofrecía la aerolínea.
Deslizó la pantalla táctil ubicada frente a sí, y encontró
algunas cosas que podían llegar a rellenar de manera aceptable el
tiempo vacío. Invirtió incontables horas en nutrirse de
documentales sobre vida extraterrestre, llegando a la conclusión de
que era imposible estar solos en un universo tan extenso. Por último
decidió torturarse emocionalmente reproduciendo Me Before You. El
impacto sentimental de esa película seguía siendo tan intenso como
la primera vez. Era de sus cintas predilectas. Aunque también le
idiotizaba sobremanera. Comenzaba a rendirse ante la nostalgia, la de
tipo engañosa. En ese momento sintió ansias impostergables de
abandonar aquél avión y abalanzarse a los brazos de Martin.
Por suerte la
estupidez le duró poco tiempo. Se había dormido en algún momento,
y despertó debido a la inquietud de los pasajeros una vez informados
de que comenzaría el proceso de aterrizaje. Sofía tardó algunos
minutos en comprender del todo qué sucedía. Los ojos bizcos y
repletos de lagañas como los de un gato cuando se le interrumpe se
anhelada décima siesta del día. Su aliento apestaba, y su cabellera
era una maraña de hilos negros sin dirección. Se avergonzó al
pensar que quizá se la había pasado las horas roncando como un oso.
Demoró en darse cuenta de que el pasajero sentado hacia el pasillo
de la fila contigua, le dirigía la palabra con entusiasmo. Acomodó
su pelo desorientado y despejó sus ojos con un violento frotamiento
al percatarse de la belleza privilegiada de aquél hombre.
¿Qué me has
dicho? - preguntó, en un tono grave.
Estuviste muy
ocupada durante todo el viaje – dijo él, sonriente – Envidio tu
facilidad para dormir. ¿Cómo le haces?
A Sofía se le
encendió la señal de alerta. Una sirena ensordecedora interior hizo
vibrar su cerebro. Aunque le dolió, apenas le dirigió una sonrisa.
El tipo parecía algo menor a ella, aunque no estaba muy segura. Notó
como él se enrojecía de vergüenza. Probablemente se había sentido
completamente ignorado. Pero Sofía no quería caer en la trampa
macabra del destino. No habrían amores pasajeros en sus vacaciones.
Castidad absoluta.
2
La ciudad de Oslo terminó
por rogarle que disfrutara unos días más de su extensa y exclusiva
nocturnidad. Pasó allí más de la cuenta, pero al quinto día
abandonó la capital para sumergirse en otro vuelo hasta su principal
destino: Geirangerfjord. Allí se alojaría en una cabaña bajo la
ruta 63, al borde del río Geirangelva, una extensa masa de agua que
fluye desde el lago Djupvatnet hacia el fiordo Geirangerfjord,
pasando por el pueblo de Geiranger, donde Sofía sería por fin
feliz. Una mujer montevideana intentando adaptarse a una cultura
distante en el menor tiempo posible.
El último trayecto se
trataba de un viaje corto de quince minutos en coche que le llevaría
a destino. Pero prefirió utilizar sus pies como medio de transporte.
Con su pequeña valija en mano y su monstruosa mochila que le hacía
crujir la espalda, se lanzó hacia la aventura. Se sintió un poco
anticuada al guiarse con su súper mapa impreso que en realidad supo
luego que estaba desactualizado. De todos modos, le fue fácil
encontrar alguien que supiera guiarle. Enfiló hacia la ruta 63, y
desde allí descendió por un empinado valle que le permitió
ingresar al pueblo de Geiranger más rápidamente. Aquello le costó
algunos raspones. Su valija se le escapó de las manos y rodó colina
abajo, pero el elevado precio que alguna vez había pago por ella
confirmó su buena calidad. La valija le esperó allí abajo, mucho
más entera que ella.
Su actitud kamikaze alertó
a algunos lugareños que se acercaron con sigilo. Sofía se
incorporó, tomó sus pertenencias desparramadas y sonrió. Pensó en
que aquello había sido una mala idea y que se encargarían de
regresarla nuevamente hacia Uruguay. Pero el tono que emplearon no
fue duro ni mucho menos de desconfianza.
Sofía no entendió ni media
palabra. Se limitó a sonreír nuevamente.
Nos preguntábamos si
estabas bien – el acento era evidente.
Ah, sí. Muchas
gracias. Estoy recontra bien.
¿Recontra? - preguntó
una chica noruega. Alta como un basquetbolista, rubia y ojos claros
que Sofía no pudo distinguir si eran azules o verdes - ¿Argentina?
No, por dios. Soy
uruguaya.
Ah, ya. Es que hace
poco conocí algunos turistas argentinos y ya he escuchado la
palabra “recontra” antes. Jamás comprendí cómo usarla
correctamente.
Sí, tenemos costumbres
y acentos muy parecidos. Pero a la vez somos muy diferentes. ¿Hay
muchos argentinos acá?
La verdad es que no.
Conocí unos pocos éste verano pero ya no están aquí. Tampoco hay
gente América sur casi. El invierno comenzará pronto y aquí el
turismo comienza a ser cada vez menos.
Sofía se sintió aliviada.
En el transcurso de sus vacaciones no quería coincidir con nadie que
le recordara su propia cultura ni similar. Quería estar en un mundo
completamente alejado. A su vez, agradecía que hubieran personas que
manejaran el español y algunos con tanta soltura como en el caso de
la joven esbelta de pupilas multicolores.
Al adentrarse en el pueblo,
Sofía comenzó a deleitarse con los primeros paisajes. Era
principios de Diciembre. El clima estaba agradable, aunque le
advirtieron que aquél solazo amigable era una anormalidad sin
precedentes. En los próximos días las temperaturas descenderían
drásticamente.
¿Por qué venir en
ésta época y no en verano? - A Sofía le resultó gracioso como un
verbo podía resolver todas las conjugaciones que los extranjeros
desconocían.
Porque el verano me
deprime. Prefiero el invierno.
Oh, eres rara.
Puede ser que sí –
Sofía sonrió.
¿Dónde te quedarás?
Sofía extrajo un papel con
la dirección exacta. Se lo extendió a la chica alta de color de
ojos irreconocible, y le preguntó su nombre.
Mi
nombre es Synnøve – respondió ella, un poco distante. La chica
aún seguía concentrada en la dirección escrita en el papel.
¿Qué
pasa?
La
dirección. ¿Estás segura que es aquí?
Y...
Imagino que sí.
¿Dónde
lo has reservado?
Por
Internet.
Ya.
Lo mas probable es que te hayan estafado. - dijo, y sonrió – Pero
eso no importa. Podemos conseguirte hospedaje.
Sofía
no sabía como sentirse al respecto. Solía bloquear su tarjeta luego
de hacer algún tipo de transacción por internet, por lo que no
debería preocuparse. Aunque el dinero invertido en la cabaña
fantasma probablemente ya estaba depositado en alguna cuenta de banco
en algún paraíso fiscal.
Un
detalle le sorprendió en cuanto fue capaz de percibirlo. Algo no
cuadraba. El sol comenzó a ocultarse de pronto. ¿Era ya de noche?
¿Qué
hora es? - preguntó.
Ya
son casi las tres y media.
¿De
la tarde? - su propia pregunta le resultó patéticamente evidente.
Claro.
Pero...
¿Qué?
¿Cómo
puede estar anocheciendo a mitad de la tarde?
Aquí
comienza a oscurecer por éstas horas. Recuerda que aquí... sitio
alto. Aquí las cosas no son como en Aragui.
¿Aragui?
¿De
dónde vienes?
Uruguay.
Eso
quise decir.
Sofía
sonrió. Al parecer Geiranger tenía mucho más para ofrecer de lo
que imaginaba. Sería increíble poder vivir la experiencia de noches
interminables.
El
frío comenzó a resoplar de pronto. Sofía se refugió en su
chaqueta, pero no fue suficiente. Era un frío punzante, helado en el
sentido más amplio. Era como si aquella temperatura agradable
inicial no hubiera sido más que una cálida bienvenida. El clima
había perdido toda su compasión, y le obligó a acostumbrase
rápido.
Synnøve
la recibió en su casa. Sofía no sintió desconfianza en ningún
momento. A la luz tenue de la cabaña, reconoció que los ojos de
Synnøve eran grises. Fue algo espectacular, jamás había visto unas
pupilas semejantes.
La
joven vivía con su madre, una encogida anciana amable, que
perfectamente podría incluso ser su abuela, y otra chica adolescente
que supuso era su hermana pequeña. Ambas fueron amables y
hospitalarias. Le ofrecieron algo caliente, y Sofía rápidamente
logró vencer el frío.
Allí
no habían cortinas. Los ventanales dejaban ver cada centímetro de
paisaje posible. De pronto el viento se hizo aún más malévolo, y
comenzó a nevar.
Hasta
que al fín – dijo Synnøve – Ya se había tardado.
¿Qué
cosa?
La
nieve. Has llegado tú y todo ha vuelto a la normalidad. ¿No serás,
acaso, alguna especie de diosa del clima?
Sofía
se sonrojó. Negó con decisión.
¿Te
gusta la nieve?
La
verdad es que para mí es como un lujo. En Uruguay no hay nieve.
Sólo heladas. ¿A ti?
Es
bonita hasta cierto punto. Hay temporadas en las que se queda todo
cubierto de nieve y ya no es tan bonito – se mostró algo
preocupada al decirlo - ¿Quieres ayudarnos? Estábamos a punto de
comenzar con las decoraciones navideñas.
Aquello
le inundó el alma de felicidad. La cabaña, los ventanales. La
nieve. La navidad latente. La hospitalidad. El espíritu festivo.
Todo le resultaba algo completamente ajeno. Sin embargo, era un
momento que siempre había estado esperando. Algo que desde siempre
había formado parte de su escencia, sólo que jamás tuvo con quien
exteriorizarlo y compartirlo con semejante entusiasmo.
3
Día
20
Es
común asociar el rápido paso del tiempo con diversión. Pareciera
que, cuanto más felices somos en un sitio con determinada compañía,
el tiempo no es tu mejor aliado. Se empecina en marcharse pronto, y
todo se torna efímero. Sofía, sin embargo, sentía que aquellos
veinte días transcurridos habían sido una eternidad. Como si
llevara años viviendo allí y todo aquél reducido grupo de
habitantes fueran su familia.
A
pesar incluso de la corta duración de los días en Geiranger y la
temporada baja, habían demasiadas actividades para realizar. La
naturaleza allí te ofrecía un constante abanico de posibilidades
imposible de experimentar por completo y a detalle en cuarenta días.
Los lugareños se habían encariñado con aquella forastera uruguaya
que había llegado un día rodando por las colinas, estafada por
Internet y buscando desesperadamente dónde quedarse, pero sobre todo
buscando un poco de claridad mental. Aún seguía resguardándose en
la cabaña de Synnøve. A diario Sofía le recordaba que le ayudara a
encontrar otro sitio donde quedarse. No porque se sintiera mal allí.
La realidad era que la calidez con la que era recibida fue
acrecentándose cada día. Sólo no quería ser una molestia mas
adelante. Cuando se lo planteó desde esa perspectiva, Synnøve se
había mostrado notoriamente ofendida. Sofía ofrecía dinero a
diario que muy rara vez aceptaban. No podía evitar sentirse un
estorbo en ciertas ocasiones, aunque las personas en Geiranger se
encargaban constantemente de hacerle sentir lo contrario. Para seguir
acostumbrándose al estilo de vida de los lugareños, tan distante a
sus apreciaciones, debía intentar dejar atrás muchas de sus propias
costumbres. Al menos mientras estuviera allí.
En
esos veinte días había memorizado todo el paisaje nevado del
fiordo. Había intentando esquiar, pero luego de unos buenos golpazos
abandonó la idea. Era importante darse cuenta cuando no se está
hecho para determinadas actividades.
La
Navidad había sido espectacular, y el año nuevo prometía el mismo
entusiasmo festivo.
Las
noches extensas eran lo más preciado para Sofía. Jamás había
experimentado la sensación de adentrarse largas horas en un cielo
oscuro con entera despreocupación. Pero aquella noche en particular,
tuvo lugar un evento espectacular. Las condiciones climáticas
permitieron avistar algo que Sofía jamás había tenido la
oportunidad de presenciar; las auroras boreales. Incluso no sabía
con certeza si era algo real. Se trata de un fenómeno natural
exclusivo de las zonas polares. El cielo aquél día se tiñó de una
amplia variedad de tonos azulados, verdes y rosados, que zigzagueaban
en el firmamento como si de una coreografía milenaria se tratase.
Sofía
escaló una pequeña zona montañosa hasta donde su limitación
física humana se lo permitió. Luego se desplomó en la cúspide de
una roca desde la cual se observaba el evento con mucha más nitidez
y amplitud.
Fue
mágico. Pareció como si aquella luminosidad multicolor hubiera
despertado en ella la más absoluta paz. Deseó que ese momento fuese
eterno. Quería detener la vida y el tiempo en ese preciso instante.
Deseaba que esa experiencia fuese un bucle constante por el resto de
la eternidad. Sentía que ya no habría nada más increíble por
vivir. Rodeada de desconocidos que ya eran más que muchos conocidos.
Sofía
sintió plenitud, quizá por primera vez en su vida. Alejada por
completo de su espesa vida rutinaria que había abandonado por
cuarenta días, había aprendido a sobrevivir sin la obligatoriedad
de permanecer con el ícono en verde encendido todo el día y
tecleando a todo mundo.
Por
un momento se preguntó como estarían las cosas al otro lado del
planeta, allí, en su tierra, en su entorno. Su país. Un país que
tanto amaba, a su manera , pero del que decidió escaparse un rato
largo. Dedicó unos momentos en pensar en Martin, y como estaría
sobrellevando las cosas. Era fin de semana e intentó deducir con
quién estaría acostada su amiga en ese preciso momento. Sonrió.
Sofía
no sabía que por allí las cosas no iban tan bien.
4
Día
39
Enero
iba encaminado hacia la mitad, y las vacaciones a su fin. Aquél día
Sofía despertó por última vez en Geiranger. Observó todo a su
alrededor por última vez. La cabaña, la madera inamovible de las
cuchetas que jamás había escuchado quejarse, el entorno; pequeño
pero acogedor. Synnøve, su familia. La gente del lugar. Recordaría
aquello por siempre. Pero había algo mejor; sabía con toda
seguridad que volvería pronto.
Aprontó
sus cosas intentando no alterar el silencio interior. Sólo se
distinguía el resoplido porfiado del viento, y la nieve que
comenzaba a espesarse cada vez más. Se dio un baño de agua
caliente, se preparó un desayuno acompañado de mate. Se dio cuenta
de que en casi cuarenta días, era apenas la segunda vez que tocaba
el mate. La primera había sido para participar en una charla
profunda de intercambio de costumbres. Synnøve había entendido por
fin como emplear la palabra “recontra”, y muchos otros modismos
rioplatenses que le resultaron divertidos. Sofía percibió allá por
el día quince que había logrado arraigar profundamente el “Ta”
uruguayo en el vocabulario de Synnøve; Un modismo multifuncional
capaz de encajar en cualquier ámbito sin excepción alguna.
Pero
algo extraño sucedía aquél día. No había nadie allí. Ojeó por
las ventanas traseras, pero no alcanzó a ver nadie caminando por las
calles. Quizá por la gruesa capa de nieve, las personas habían
decidido resguardarse. La cuestión era que Sofía debía estar en el
aeropuerto en media hora, y no habían rastros. No quería irse así,
sin más, pero no quedaba otra opción.
¿Habían
salido? ¿Volverían pronto? ¿Habían olvidado que hoy era su último
día? Sofía consideró la última opción, pero rápidamente la
descartó. Se habían pasado la noche hablando sobre el tema, y sobre
cuánto se iban a extrañar, además de enfatizar y procurar otra
visita de cuarenta días muy pronto.
Se
apenó, realmente. No sabía los motivos, pero Synnøve y su familia
no estaban allí. Alguien se había ofrecido en llevarla, y esperaba
que aquél abuelo llamado Matt que vivía a dos calles tampoco se
esfumara. De lo contrario no habría forma de salir de allí.
Arrastró con dificultad sus dos maletas y, al abrir la puerta, se
llevó un susto. Un agradable susto.
Su
fotografía mental no alcanzó a captar todos los rostros que le
esperaban allí fuera. Todas aquellas personas le aguardaban para
escoltarla hacia el aeropuerto. Sofía se emocionó, pero el frío de
fuera congelaba sus lágrimas antes de que llegasen a sus mejillas.
Fue
una larga despedida. Incluso debió agradecer y saludar a personas
que no recordaba haber visto. Dejó su contacto a Synnøve, quien
lagrimeó desconsoladamente.
Todo
aquello había sido de una rareza demencial. Interesante, sanador, e
inolvidable. Pero de todas formas, no dejaba de ser una raro. Una
rareza que allí parecía ser una forma de vida.
Una
vez en el avión, se recostó y deseó nuevamente que en algún
momento se quedase dormida indefinidamente como en el viaje de ida.
Una vez que los dos asientos contiguos fueron ocupados, se quedó
allí, expectante. Geiranger ya había pasado a ser recuerdo.
Esperaba volver antes de que la mente comenzara a dudar y las
anécdotas se tornasen confusas.
Cerró
sus ojos, e intentó perderse en sueños. Aún así, el destino le
tenía otros planes.
Sofía
ignoró aquello. Pero abrió los ojos en cuanto consideró la
posibilidad de que quizá se estuvieran dirigiendo a ella. Y en
efecto así fue.
El
mismo tipo que había lanzado la caña de pescar sin éxito en el
viaje de ida, volvía a hundir el anzuelo en las aguas tormentosas de
Sofía.
Ésta
vez ella sonrió, como voto de confianza. El joven le devolvió el
gesto.
Qué
casualidad – dijo él. Su voz imponía una confianza inmediata,
algo que a Sofía le solía desagradar en las personas. Pero ésta
vez le encendió.
No
creo en las casualidades – dijo ella, convencida. Se mordió el
labio inferior instintivamente – Todo siempre pasa por algo.
5
Se
llamaba Máximo y quería coronar ese mismo día. El tipo del avión
se había puesto cachondo ni bien bajar de la nave. Sofía descartó
la posibilidad de raíz, antes de que se volviera un estorbo y no
quisiera volver a saber de él. Le resultaba atractivo y con una
inteligencia muy por encima de la media, pero era evidente que el
cansancio le afectaba la claridad mental. Además, después de casi
quince horas de viajes entre escalas y retrasos, lo que menos quería
era ir a tomar un café y comenzar un nuevo ciclo de enamoramiento.
Le dejó su numero de contacto y se abalanzó al primer taxi que
encontró. Su excusa fue una razón real; cansancio. Sólo quería
darse una ducha para luego dormir sin alarmas ni contratiempos. El
viaje de vuelta había estado plagado de interrupciones.
El
clima acelerado de la ciudad de Montevideo amenazaba con destronar en
cuestión de minutos toda su paz generada en Geiranger. Sofía
intentó ser indiferente, al menos hasta llegar a su hogar y
resguardarse allí, con las persianas bajas buscando el mayor
aislamiento sonoro.
Su
apartamento se encontraba en plena Avenida 18 de Julio, por lo que
había logrado aprender a ignorar el barullo incesante.
Luego
de una ducha extensa alternada entre agua caliente y fría, ojeó a
la mesilla de noche y avistó a un viejo conocido. Su teléfono aún
descansaba en el mismo lugar. Una gruesa capa de polvo colmaba su
pantalla. Al levantarlo, la marca rectangular quedó perfectamente
dibujada en la masilla que también sufría hiperpoblación de
residuos microscópicos. Intentó encenderlo, pero la batería estaba
tres metros bajo tierra. Ni siquiera contaba con un ápice de energía
para mostrar la típica señal roja de batería baja. Conectó el
teléfono moribundo directo a la electricidad, y casi pudo oír cómo
el aparato suspiraba, reviviendo luego de cuarenta días.

En
algún momento, Sofía se quedó dormida en el sofá junto a su cama.
Luego se despertó, y la posición en la que se encontraba le había
generado una contractura que solucionó con un violento estiramiento.
Se tiró en la cama y durmió indefinidamente. Despertó a la noche,
con los pies en la tierra y la mente mas allá de Kepler-22. Le dolía
la cabeza de tanto dormir. Sin embargo, aquél malestar duró poco.
La sensación de satisfacción única que se siente cuando se
descansa debidamente despejó cualquier molestia física. Fue
abriendo sus ojos paulatinamente para poder acostumbrarse al brillo
del teléfono. Digitó su clave sim y luego su clave de desbloqueo.
Configuró el móvil en modo vibración, y lo dejó a un costado
esperando que todas las notificaciones suspendidas por cuarenta días
cayeran como granizos. El teléfono vibró tres minutos seguidos sin
descanso. La mayoría de notificaciones eran noticias sin relevancia
recomendadas por Google. Despejó todas y cada una de ellas, y sintió
una necesidad primaria de hablar con su amiga. La llamó, pero no
obtuvo respuesta. Ni siquiera el contestador. Entró a Whatsapp y fue
indiferente a la cantidad de mensajes que tenía. No tenía intención
de leerlos. Probablemente fueran cosas vinculadas al trabajo.
Clientela molesta sin escrúpulos. Ni siquiera los ojeó por encima
para captar algo que llamase su atención. Buscó directamente el
nombre de su amiga. Tenía un mensaje de ella, de hacía 35 días.
Te
extraño. Me quiero asegurar de que realmente no llevaste tu
teléfono.
Sofía
le escribió una tanda interminable de mensajes.
Tampoco
obtuvo respuesta.
Un
desolado tic mostraba que el mensaje apenas había sido enviado, pero
no había llegado aún a destino. Pensó en la posibilidad más
común. Quizá ella tenía su teléfono apagado. Pero le resultó
extraño de todos modos.
Luego
de algunos intentos más, se rindió. No quería seguir insistiendo.
Tal vez estaba ocupada y era cuestión de tiempo para que le
devolviera la llamada.
Había
entrado nuevamente en un estado dormitivo cuando su teléfono sonó.
Le costó entender lo que veía en pantalla, aún se sentía confusa.
Cuando la lucidez fue suficiente, atendió la llamada.
El
silencio sepulcro fue la peor respuesta que Sofía escuchó en años.
O quizá en toda su vida. Pudo oír también un leve suspiro del otro
lado. Un suspiro agitado y desolador.
Elizabeth
era la hermana menor de Mara. Sofía apenas sabía de su existencia.
Intentó asignarle un rostro en su mente, pero le fue imposible. A
pesar de que Mara y Sofía compartieron muchos años de amistad, sus
familiares eran enigmas. Mara por alguna razón jamás había querido
presentarlos, mientras que Sofía, directamente, no tenía familiares
que presentar.
Ah,
hola, Elizabeth. ¿Cómo estás?
¿Cómo
puedo estar? - respondió ella, notoriamente desafiante.
Sofía
se quedó expectante. Esperando algo más. Elizabeth también esperó
algo.
¿Cómo
está Mara?
Claro...
¿Cómo ibas a saberlo, no?
¿Saber
qué?
Mirá,
perra puta. No quiero que vuelvas a llamar, ¿Me oíste? Olvidate de
éste número, y olvidate de Mara – Su tono se fue acrecentando –
Siempre tuve razón. Había algo de vos que no me cerraba. Siempre
fuiste una mierda, una basura... ¿Eran tan importantes tus
vacaciones de mierda que no fuiste capaz de visitarla un mísero
día? Hija de puta... No me extraña que Martin haya terminado
así...
Un
impulso repentino obligó a Sofía a colgar el teléfono. Su corazón
latía más allá del millón de pulsaciones. Se quedó un minuto
observando su pantalla, como esperando que el propio teléfono móvil
le le brindara una explicación de lo que acababa de ocurrir.
Deslizó
la pantalla hacia la derecha, y seleccionó Whatsapp. La aplicación
indicaba incontables gigas en mensajería. A Sofía no le había
resultado extraño, pero en verdad lo era.
Pero
había algo incluso más fuera de lo común. Había una larga lista
de chats de números desconocidos. Algunos dejaban ver una foto de
perfil que permitía reconocerlos, otros estaban configurados para no
revelar su identidad. Estos últimos eran los que solían ser más
agresivos. Sofía ignoró por completo aquellos individuos en cuanto
supo que la gran mayoría de mensajes de números que no mostraban
fotos de perfil eran insultos sin ningún motivo aparente.
Aparente.
Sofía
se detuvo un momento. Luego de un largo rato de disgusto y confusión,
un mensaje reciente le brindaría todas las respuestas y mucha más
intranquilidad.
Hola,
Sofía. Soy Sandra, mamá de Mara. Te pido disculpas por la reacción
que tuvo mi hija Elizabeth recién. Jamás tuve la oportunidad de
conocerte a pesar de que Mara siempre me habló maravillas de vos, y
todo lo que significabas para ella. No sé si te habrás enterado ya,
pero mi hermosa Mara ha fallecido hace unas semanas. Fue repentino.
Al parecer, una cuestión cardíaca. Nadie se lo esperaba. Una
muchacha sana... Estuvo algunos días sedada hasta que finalmente no
resistió. El daño se volvió irreversible. Tuvo algún momento de
lucidez en los que pudimos hablar con ella. Ya sabíamos lo que
vendría luego. Cuando alguien que está condenado mejora de pronto,
siempre es un mal augurio...
Quiero
que sepas que ella preguntó por ti en todo momento. Mara se fue
recordándote. También te odié cada vez que ella rezaba tu nombre y
tu no estabas ahí. Tenía la esperanza de que esa fuera su cura.
Pero si bien a veces me puedo dejar llevar por los impulsos, también
soy capaz de reflexionar en frío. Entiendo que estabas de vacaciones
y todo ésto te ha tomado por sorpresa... Nadie está preparado para
algo así... Me pongo en tu lugar y ha de ser una situación
horrible. Si quieres podemos vernos en algún momento para hablar
sobre todo lo que ha pasado. Te avisaré en cuanto mis fuerzas me lo
permitan. Te mando un abrazo apretado. Te pido por favor, no hagas
caso a ningún mensaje fuera de lugar. Sé que te han llegado muchos.
Nada de ésto es tu culpa ni responsabilidad.
PD:
Siento mucho lo de Martin. Te abrazo nuevamente.
Saludos,
Sandra.
¿Qué?...
“PD:
Siento Mucho lo de Martin”
“No
me extraña que Martin haya terminado así”
6
El
golpe en el rostro aún le escocía. Al beber café, la herida en el
labio le hacía brincar de una manera insoportable. Pero el café era
su único aliado en ese momento.
Mara
había fallecido en vísperas de Navidad, y Martin algunos días
antes. Sofía se había presentado en casa de quien fuera su cuñada,
recibiendo un golpe en la cara que había puesto un fin abrupto a
varios años de buena relación ininterrumpida. Nadie alrededor de
las familias de Martin ni de Mara querían verla aparecerse a menos
de cien metros.
Ésta
vez no había elegido la mesa contra la ventana que daba hacia la
calle. Sofía sentía un injusto sentimiento de incomodidad. Como si
cada mirada que chocara con la suya le juzgara sin piedad ni
compasión. No había sido capaz de llorar aún. Había hecho todo lo
posible para evitar ese fatídico momento. Se la había pasado en la
calle, yendo de un lugar a otro tratando de engañar su mente.
Sandra
se apareció de pronto delante de sus ojos. Se saludaron unicamente
con un mínima mueca milimétrica.
Hablaron
ininterrumpidamente más de una hora. A pesar de su aparente
compresión, Sofía podía percibir cierto desinterés y rabia
acumulada en los ojos de Sandra. No sabía si en verdad estaba allí
tratando de luchar contra su interior, y en realidad tenía ganas de
estrangularla. Sandra no tuvo mucho más que comentarle acerca del
fallecimiento de su hija. Los médicos habían dicho que se había
tratado de una arritmia severa que terminó con su deceso en días
posteriores. Realmente se la notó incapaz de hablar acerca de su
hija mayor. Sofía intentó desviar la conversación, pero la
realidad es que tampoco existía interés de ignorar la situación.
El silencio hubiese sido la mejor opción.
Sofía
tampoco había podido saber qué había sucedido con Martin. Esperaba
que Sandra hiciera algún comentario. El momento tardó, pero llegó.
Nuevamente,
lamento lo de Martin.
Gracias.
Pero la realidad es que ni siquiera sé qué fue lo que pasó... Me
siento completamente perdida.
Como
te dije antes, no hagas caso a los comentarios fuera de lugar –
Sandra hizo una pausa , y prosiguió - ¿Realmente quieres saberlo?
Si
– En realidad no.
Martin
se suicidó, Sofía – comentó, y aquella confesión pareció
dolerle tanto como cuando intentaba hablar de su hija – Mara me lo
comentó en su momento. Quería contactarte, pero le fue imposible.
Dijo que te habías ido de vacaciones y pretendías desconectarte
del todo. Ella asistió a su velatorio. También recibió algunas
increpaciones. Ellos creen que Martin se suicidó por tu culpa.
Decía estar muy afectado por la ruptura. Muchos de sus familiares
necesitaban desquitarse con alguien, y fue Mara quien recibió todo
el desahogo. No respetaron ni siquiera un momento tan delicado como
ese.
Sofía
no pudo contenerse más, y comenzó a llorar desconsoladamente. Un
mozo apareció de pronto con un vaso de agua, el cual Sofía
agradeció.
Pero
Sofía leía otra cosa en sus ojos. Parecía como si ahora ella se
sintiera aliviada viéndola sufrir. Abandonó el lugar.
La
tristeza se transformó rápidamente en ira. Gritó con tal
vehemencia que las personas alrededor se abrieron y procuraron
permanecer alejados de ella.
Recibió
un mensaje desde otro lado del mundo. Rió contra su voluntad.
Su
respiración volvió a la normalidad. Las lágrimas le resultaron de
pronto una demostración innecesaria. Claro que nada de aquello era
su culpa. Sólo sentía cierta inquietud. Un sentimiento que
probablemente jamás se apaciguaría.
Su
error fue simplemente pensar en ella misma. Su error fue querer
apartarse del mundo, por cuarenta días.
Su
error fue desconectarse.