miércoles, 1 de mayo de 2024

“El Caminante”

 

El Caminante”



G.N. Arias




Mathias regresó por fin a su rutina de entrenamientos, luego de superar una insolación que le mantuvo inactivo por más de cuatro días. Ésta vez creía haber aprendido la lección, y aguardó a que el sol no golpeara tan fuerte para salir a correr por la ruta. Sentía el aire más denso, y su cuerpo aún no estaba óptimo. De igual forma se prometió no ser tan exigente consigo mismo, aunque eso era, en realidad, opcional. La adrenalina solía animarlo a dar un poco más, y Mathias sabía que no se negaría.

Recorrió los primeros tres kilómetros con una evidente dificultad, y pronto renunció a la idea de aumentar el ritmo. Se propuso completar los cinco kilómetros y poco más, lo que restaba para llegar de nuevo a su casa. El dolor característico debajo de las costillas comenzó a apretujar, y allí tuvo un deseo enorme de parar y caminar el resto del trayecto. Se había olvidado de respirar correctamente, y el dolor punzante era cada vez más profundo. Pero eso no sucedería. Si lo hacía, luego padecería un sentimiento de fracaso y rendición insoportable. Aunque prefería aquellas sensaciones antes que la tentación del sedentarismo y el sabor adictivo del colesterol. A partir de allí avanzó únicamente por inercia. Motivado por su constancia. La realidad era que quería llegar y tumbarse en la cama. Las plantas de sus pies comenzaron a tensarse, y dolían simultáneamente. De pronto vio a otro corredor en sentido contrario que le echó unas palabras de ánimo al verlo agotado. Aquél extraño le había, de alguna manera, transmitido un poco de su energía. Mathias mejoró su ritmo y pronto ignoró por completo las molestias físicas, aunque seguían allí, latentes, recordándole que ni siquiera una mente dispersa podría apaciguar el desgaste muscular.


A lo lejos alcanzó a ver un hombre de avanzada edad, que caminaba cargando una especie de bolsos enormes. Uno en cada brazo, y Mathias podía jurar casi con toda seguridad que también llevaba una mochila en su espalda. Su paso era lento, despreocupado. En determinado momento, Mathias lo vio cruzar la calle. Le llevó tiempo pasar de una vereda a la otra. Parecía estar muy agotado. Pudo ver que tomó incontables descansos en cuestión de pocos minutos. Mathias aprovechó el subidón que aumentaba paulatinamente, y se dirigió en dirección al señor, a brindarle su ayuda.

Siguió corriendo intentando llegar rápido junto a él, pero al parecer estaba más lejos de lo que percibía.

Parecía como si se alejase a su misma velocidad. Pero en realidad aquél señor tan solo caminaba. Sin embargo, no lograba alcanzarle. Mathias se apresuró más y más, y la distancia era siempre la misma y, en ocasiones, daba la impresión de estar cada vez más lejos. Se esforzó un poco más. Un poco más. Y otro poco más. Pero la distancia no disminuyó, y de pronto lo perdió de vista. Mathias había superado con creces los cinco kilómetros, y su reloj inteligente mostraba que llevaba ya más de ocho y medio. No había reparado en el desgaste físico. Cuando fue consciente del sufrimiento de sus articulaciones, debió tumbarse para apaciguar el dolor generalizado.

Cuando logró recuperar un poco el aliento, continuó calle abajo. No iría todavía a su casa. Sintió curiosidad de continuar, sin más. La curiosidad lo animó a seguir sin rumbo fijo. Avistó una estación de servicio y preguntó acerca del señor de los bolsos.


  • Lo vi seguir por allí – dijo un funcionario mientras llenaba un tanque de gasoil – También me sorprendió todo lo que llevaba encima. Se lo veía muy agotado...

  • ¿Lo has visto correr en algún momento?

  • ¿Correr? - el joven se mostró confuso, y rio – Hombre, no creo que fuera capaz de correr. Apenas se mantenía en pie – Miró hacia algún lado, achinó sus ojos y advirtió - ¡Mira! Creo que es aquél que va allá...

Mathias agradeció su amabilidad y se dirigió hacia el anciano, que llevaba nuevamente una distancia considerable. No podía ya correr, por lo que caminó a paso ligero. Pero todo seguía igual. A pesar del evidente paso lento, el señor se alejaba cada vez más. Era una situación por demás extraña. Caminó indefinidamente hasta el hartazgo. A pesar del enigma de todo aquello, se rindió. Quedaría como una anécdota extraña irresoluble. Se percató de que para volver debería caminar incontables kilómetros de vuelta, y no estaba dispuesto. Comenzó a sentirse fatigado, y un malestar general le advirtió de las posibles consecuencias de continuar desgastando energías.

Paró un taxi en sentido contrario, y se acomodó en el asiento trasero. Suspiró aliviado, y se reprochó a sí mismo haberse apresurado nuevamente, como tantas veces.


  • ¿Rendido? - preguntó el taxista.

  • Algo así, sí.


Mathias se reclinó, y casi se rinde por completo. El ronroneo sutil del automóvil le invitaba a la siesta. Pero fue allí, apenas transcurridos menos de quinientos metros, cuando lo vio.


  • ¡Pare! - ordenó, mas que solicitar.

  • ¿Qué?..

  • Que pare. Me quedo aquí.

Mathias abonó el viaje efímero como si hubiese sido el viaje completo. La cara de descontento del taxista cambió rápidamente al recibir la más que generosa propina.

Dentro de un café apenas visible, sentado en una mesa ubicada en el ventanal hacia la calle, se encontraba el señor de los bolsos. En sus manos longevas sostenía una tacita pequeña de café negro, sin azúcar y demasiado amargo a juzgar por sus facciones. Aún así, en cada sorbo dejaba escapar un leve suspiro de placer. Mathias se quedó observándolo discretamente desde fuera por algunos minutos. Cuando se dispuso a entrar, el anciano se levantó de su silla, y Mathias permaneció en la vereda, esperando a que saliese. Cuando lo vio salir por la puerta, con su paso leve y cansino, le ofreció su ayuda. El viejo sonrió ampliamente.


  • Oh, muchas gracias – dijo, sin perder el semblante – Eres muy amable.

  • Lo vengo siguiendo hace ya un rato – confesó Mathias – Pero parecía como si nunca lo fuese a alcanzar – en el fondo esperaba que el anciano le brindara alguna explicación lógica. Aunque dudaba de que lo hubiera.

  • ¿Ah, sí? ¿Para qué querías alcanzarme?

  • Para ayudarle.

  • Oh, vaya. Eres realmente muy amable – agradeció nuevamente y ambos se pusieron en marcha – A un viejo como yo le vienen bien un par de brazos fuertes. Aunque no creo que puedas hacer mucho por mí. Aún me quedan mucho camino.

  • ¿No prefiere tomarse un taxi? ¿Un colectivo?

  • Oh, no. Realmente no. Disfruto del camino, por más difícil que sea a mi edad.

  • ¿Dónde se dirige?

  • Me gustaría saberlo a mí también.

  • ¿Cómo?

  • No tengo rumbo. Cargo con mis cosas, me dirijo hacia alguna parte. Aún no sé dónde.

  • ¿No tiene hogar?

  • Oh, no. Lamentablemente jamás pude darme ese lujo – dijo el viejo, y se mostró un poco melancólico, pero volvió a sonreír – De hecho acabo de ser expulsado de lo que hasta el día de hoy creía era mi hogar.

  • ¿No tiene dónde ir? - a Mathias comenzaban a pesarle los bolsos.

  • No, no. Decir eso sería un despropósito. Egoísta de mi parte para con la vida – el viejo se mostró serio ésta vez – Siempre hay dónde ir. Únicamente me he quedado sin techo. Pero estoy seguro de que la naturaleza me brindará algo mejor.

  • ¿Puedo preguntar qué lleva aquí dentro? - Mathias se rindió ante los bolsos. A pesar de su debilidad física, estaba seguro que ni en sus mejores días hubiese podido soportar aquél peso por mucho más tiempo.

  • Ahí conservo lo que me importa. Todo lo que me recuerda que la vida es maravillosa. Lo que me mantiene esperanzado. Últimamente pesa más de lo normal, pero ya se irán alivianando con el tiempo.

  • ¿Pero qué es? ¿Ropa? ¿Objetos? ¿Comida? Disculpe mi atrevimiento... - Mathias se disculpó rápidamente cuando sintió que su confianza se había excedido.

  • Por favor, no tienes que pedir disculpas – el anciano volvió a sonreír – Llevo, sí, un poco de todo lo que has dicho. Pero no creo que sea el motivo real por el que pesan tanto. Creo que se debe al recuerdo detrás de cada cosa. Las ocasiones especiales en que utilicé mis prendas favoritas. El contexto en el que adquirí mis objetos más preciados. El recuerdo detrás de cada pastelito de membrillo. ¿Te apetece un pastelito de membrillo?

Por alguna razón, Mathias no se negó. Ni preguntó qué era. Aceptó, y estuvo seguro de haber degustado una de las rarezas más exquisitas de su vida. El inconfundible e inexplicable sabor de lo casero le inundó el paladar.


  • Puede que hayan sido los últimos pastelitos que pude hornear en aquella maravilla de horno a leña – reconoció el anciano – Lastimosamente no pude traerla conmigo. No entraba en el bolso, ¡Je! Consumía muy poca madera y ardía todo el día. Como todo lo valioso en nuestro sistema, poca exigencia y mucha producción. He dejado muchas cosas allí. Me traje lo que las secuelas de la edad me permitió.

  • Son realmente muy exquisitos.

  • Gracias.


Continuaron un poco más, sin rumbo definido. Mathias le observaba. Observó sus piernas, sus brazos, su cuerpo corroído por la existencia. Había algo que no cuadraba, y necesitaba saberlo.


  • Anteriormente le dije que intenté ayudarle antes, pero no logré alcanzarlo...

  • Sí, recuerdo.

  • Pero, realmente fue así... Literalmente.

  • Te ves muy cansado, chico.

  • Sí, puede ser por eso. Pero no lo sé... Corría y corría, detrás de usted. ¿Usted corrió en algún momento?

  • Como verás, no soy capaz de ir más rápido que esto.

  • ¿Entonces por qué no pude alcanzarlo? Digo... No me gustaría sonar como un loco. Pero realmente fue así. Corrí, corrí y corrí. Y usted parecía alejarse cada vez más. Fue algo muy extraño.

El anciano no contestó, y la conversación pareció culminar. De pronto volvió a hablar.


  • ¿Traes dinero?

Mathias creyó que se había dejado todo en el taxi, pero palpó los bolsillos de la sudadera y reconoció un billete que llevaría allí unos cuántos días. Sucio, arrugado y esperando volver a ser valorado.


  • Si, claro. ¿Necesita un poco? No es mucho, pero puedo...

  • No, no – se negó – Quiero invitarte un café, pero debes pagar tú. Yo no traigo nada más.

Hizo unas cuentas rápidas, y Mathias creía que aquél billete podría cubrir un par de cafés pequeños y algo más. Aunque el pastelito de membrillo extremadamente dulce le había dejado satisfecho.

Se adentraron a otro café un poco más alejado del anterior, y el billete apenas llegó a cubrir ambas bebidas y a Mathias le devolvieron apenas unas míseras monedas decimales. El anciano sacó sus dos últimos pastelitos para acompañar el cortado.


  • ¿Quería hablar sobre algo? - preguntó Mathias.

  • No lo sé. Eres tú el de las dudas.

  • ¿Dudas? Sólo decía... Sólo dije que me dio la sensación de que corrí tras de usted pero no le alcanzaba. A lo mejor fue impresión mía. La realidad es que no estoy bien del todo. Sigo un poco débil. No debí salir a correr.

  • ¿Sueles correr mucho?

  • Sí. Cuando no estoy insolado... - Mathias sonrió.

  • Me refiero a la vida. ¿Sueles correr mucho?

  • ¿A la vida?

  • Sí.

  • No entiendo.

  • Ese es el problema.

  • ¿Cuál?

  • Que no lo entiendes. Ese es el problema.

  • ¿Entender qué?

  • ¿Por qué corres tanto?

  • Por una cuestión de salud, y placer.

  • Me refiero a la vida. ¿Por qué corres tanto?

  • ¡No entiendo, mierda! - Mathias se disculpó por la exaltación.

  • Ese es el problema. No entiendes. Y te enfadas por no entender.

Mathias se sintió descolocado, como si no estuviera a la altura de la conversación. Miro al anciano que le sonreía y lo encontró vacilante.


  • Seré más específico, porque veo que no entenderás.

  • Sí, por favor.

  • ¿Has sentido alguna vez que te apresuras y llegas más tarde que cuando vas con calma?

  • No lo sé. Suena un poco contradictorio.

  • O a lo mejor no lo has percibido.

  • Tal vez.

  • Si algo he aprendido, es que apresurarme sólo me genera más contratiempos. La calma es tu mejor aliado. Tu mismo acabas de generarte un contratiempo. Sólo por salir corriendo. Hay cosas en las que no puedes improvisar.

  • ¿A qué se refiere?

  • No has respetado los tiempos de tu cuerpo. Ahora probablemente no puedas volver a salir en cuatro días más. Cuando respetas el tiempo, el tiempo te recompensa. Lo mismo sucede con la vida. Cuanto más corres, más tarde llegarás. O quizá ni siquiera llegues.

  • ¿Me está diciendo que deje de correr?

  • En lo que a la vida se refiere, sí. Cuida tu salud. Pero cuida también el tiempo. Y, sobre todo, respétalo. Mírame a mi, apenas puedo andar... Eso ha sido por correr toda mi vida. No hace mucho tiempo que lo he comprendido. Y ahora puedo andar grandes distancias, a paso lento y en menor tiempo. Créeme. Es mejor un paso lento y firme, que dar diez pasos alocados.

  • Gracias por eso. Lo tendré en cuenta. Aunque... Me sigue resultado extraño lo que sucedió.

  • Claro que lo es – dijo el anciano – Pero son el resultado de respetar los tiempos. Todo en la existencia necesita de paciencia. No hay caminos fáciles. Nosotros mismos necesitamos de paciencia. La vida es, sin dudas, paciencia. Mira hacia arriba, mira a tu alrededor. Desafía la mirada túnel de la rutina. La vida está llena de entretenimiento.

  • ¿Ese es el secreto?

  • Ésto que te comparto no es nada del otro mundo, chico. Es una vivencia, pero por más que lo sepas, tal vez te lleve muchos años comprenderlo realmente. Ni el mejor secreto desvelado surge efecto si no estamos dispuesto a oírlo y efectuarlo. La tentación de lo sencillo nos puede cegar por mucho tiempo y, en el peor de los casos, para siempre.


El anciano se levantó, tomó sus bolsos, cargó su mochila y se dirigió hacia la p



uerta. Mathias vaciló, aunque ésta vez no le ofreció su ayuda. Supo entonces que aún no era capaz de cargar con tanto peso sobre sus hombros.


  • Gracias – dijo el anciano antes de irse – Ahora siento el equipaje más liviano.


En un descuido, el anciano se perdió de vista. El joven debió aguzar su mirada para alcanzar a verlo allá a lo lejos, a paso lento, aunque seguro.


Mathias emprendió el viaje de vuelta. Ésta vez quiso caminar, apreciando su entorno. Aquél día supo que llegaría mucho antes de lo previsto.


"19"

 


19”


G.N. Arias





Era el primer diecinueve que Anabella dudó en ir. Y es que en el fondo, lo creía innecesario. En otras circunstancias, en las que no fuese ella quien padecería el dolor de una pérdida, lo hubiera cuestionado. Sus principios basados ​​en el pensamiento crítico eran un tormento constante. Sobre todo los días anteriores al diecinueve, ni que hablar el diecinueve mismo y los días posteriores. La tortura personal solía menguar un poco al menos a fin de mes y principios del mes siguiente. Para luego volver a cuestionarse su ya habitual arraigo supersticioso. 
Y es que cada diecinueve de mes, como acostumbraba ya hacía más de una docena de diecinueves, Anabella visitaba la tumba de su difunto esposo.


<<De la nada venimos y hacia la nada vamos>>


Pero desde que Marcos había fallecido, había sentido un vacío enorme que debía llenar con algo más que la nada. Comenzó a creer que, tal vez, Marcos estaba mejor allí arriba. O no necesariamente arriba. En algún lugar, recóndito, inalcanzable para ella, por el momento. Comenzó a creer en cosas como que él en realidad jamás se había ido. Pensaba, de repente, que su alma aún vagaba por allí. Le resultaba escalofriante de cierta manera, pero también le hacía apaciguar un poco su angustia. En alguna ocasión se atrevió a hablar a solas, como si él aún la escuchara. Como si su presencia realmente estuviera en algún rincón, admirándola. Comenzó a creer en lo que alguna vez habría catalogado como ridículo.


  • Cada quien tiene sus formas de vivir los duelos – le había dicho su hermana – La tía Ester jamás visitó la tumba del tío Albert. Decía que hacer eso sólo le haría aumentar el dolor. No es una cuestión de olvido, mucho menos desinterés, es lograr convivir con el dolor sin dejar que te consuma.


Y es que realmente, Anabella lo parecía carente de sentido. Pero cuando iba allí, el diecinueve de cada mes, podía fingir hablar con él, por un instante. Allí nadie la juzgaba, pues las demás personas también solían hacerlo. Iban al cementerio con la convicción de que lograrían conectarse con su ser querido desaparecido entre las sombras. Al principio le costó esbozar sus primeras palabras mirando una lápida de concreto que brindaba detalles de su deceso y eternizaba una frase de despedida y juramentos de amor más allá de los estragos de la muerte. Pero en algún diecinueve, Anabella no recordaba exactamente en cuál, ya se le hizo una costumbre hablarle a la tumba. Salía de allí más liberada. Sentía que había cumplido con su visita.


Pero un diecinueve, Anabella dudó. Solía ​​ir al mediodía. Pero aquel día ya eran más de las cuatro de la tarde.


  • Ya me siento incómodo haciéndolo – le confesó a su hermana – ¿Qué gano yo yendo a hablarle a una tumba? No lo sé, me resulta un poco ridículo. Es como una incapacidad de superación.

  • Es que en el fondo, aún no has logrado superarlo. Por eso sigues yendo.

  • Creo que no es necesario ir hasta el fondo.


Anabella logró descifrar otra inquietud, la cual le resultó incluso más patética. Tenía la sensación de que decepcionaría a Marcos si no cumplía con su visita mensual. El hecho de sentirlo le provocaba una sensación de intranquilidad permanente. Lo cual se contradecía con la personalidad del propio Marcos. Despreocupado completamente. Era difícil verlo ofendido por cualquier cuestión.

Se recostó en el sofá y permaneció en silencio. La mudez del ambiente le hacía sentir el estruendoso chillido de sus oídos. El ruido blanco la adormeció. Cuando despertó, ya eran más de las nueve de la noche. Le invadió un hambre atroz, a la vez que una angustia impostergable.

Mientras se preparaba lo único que encontró en su alacena capaz de calmar su ansiedad, unos macarrones de tamaños anormales, volvió a analizar la situación. Primero lloró, como cada diecinueve. En realidad también le resultaba innecesario tener que dedicar un día del mes a llorarlo. ¿Qué ganaba con seguir un ritual como aquel? Marcos ya no estaba, y esa era la única verdad absoluta. Seguir aferrada a todos aquellos hábitos y supersticiones tan sólo afianzaba su incapacidad de seguir adelante. Y es que realmente Anabella jamás se había sentido tan estancada como en estos últimos meses. Debía dejar atrás todas esas malditas costumbres a las que jamás creía que se vincularía.

La realidad es que las personas suelen creer en algo más, como protesta ante la acción despiadada de la muerte. La mente es tan poderosa que, de alguna manera, logra vencerla. El dolor de la ausencia física permanece, pero nuestra imaginación nos crea un paraíso posible en el que todo sigue fluyendo como antes.

Anabella temía un día creerlo del todo. Era un mecanismo de defensa realmente muy sanador, aunque demasiado irrelevante para la crudeza de la realidad misma. Lo consideraba aceptable, pero de verdad sentía miedo de un día perder el sentido común.

Rato más tarde, y luego de una hora ininterrumpida de lágrimas, lo había decidido. Aquél diecinueve no iría. Sería el primer diecinueve que se ausentaría. Ya no sentía inquietud. Ahora parecía volver a reinar un alivio creciente. El desahogo estuvo bien, pero Anabella anhelaba el día en que pensara en Marcos sin poner en marcha al unísono sus glándulas lagrimales.

Los macarrones le supieron horribles, y decidieron volver a dormirse. Los sueños no fueron desagradables, aún así fueron una pesadilla.

Aún restaba media hora para la medianoche, donde el diecinueve por fin se perdería. Al menos por un mes más. Desde hacía un tiempo se había transformado en un número maldito. Había ocurrido un miércoles, sin embargo no maldecía los miércoles. Fue en un día lluvioso de Mayo, pero aún la lluvia seguía renovándole y había soportado el primer aniversario de su muerte. Tampoco evitaba nada que tuviera que ver con el año en que ocurrió. Sin embargo, el diecinueve le despertaba un terror e inseguridad indescriptible.

Tomó su bolso y salió.

Todavía había tiempo.

Las rejas del cementerio estaban cerradas, pero Anabella encontró la forma de colarse. No avistó a ningún guardia de seguridad ni sereno nocturno. Camino entre una fila interminable de lápidas, pero ya conocía todos los accesos posibles desde cualquier punto. Tomó el más corto, y llegó hasta allí. Miró su reloj, y todavía era diecinueve. Dudó, como solía dudar, pero lo hizo. Habló.


  • Te seré sincera – dijo hacia algún lugar – No pensaba venir.

Esperaba respuesta, y rápidamente se concentró. Comenzaba a creerlo, y no le gustaba.


  • Todavía quedan cinco minutos para las doce. Sigue siendo diecinueve. Demoré, pero aquí estoy, Marc.

La invadió un deseo irrefrenable de llorar, pero logró contenerse.


  • Te amo, pero ya no puedo seguir haciendo esto – esta vez no se culpó por creer firmemente en la posibilidad de recibir una respuesta. Pero no llegó.

Depositó una flor encima de la tumba, y cayó en la cuenta de que tampoco comprendía aquel hábito tan frecuente de decorar las lápidas grisáceas de vegetación colorida. A lo mejor no era cuestión de entender. Nada más debía sentir, sin juzgar.


  • Espero no lo tomes a mal – volvió a decir – Pero ésto ya no me hace bien.

Cuando el reloj marcó las cero horas, Anabella supo que había logrado superar otro diecinueve. Habría querido evitar volver a llorar, pero las lágrimas brotaron contra su voluntad. La exhalación entrecortada le renovó el aire contaminado que revoloteaba en sus pulmones. No volvió su cabeza, como de costumbre, tampoco miró hacia el cielo. La respuesta que esperaba estaba en su interior.


Salió hacia la calle, sabiendo con certeza que el próximo diecinueve no volvería.

Humor, negro.

 Gonzalo Nicolás Arias Compró unas flores plásticas e ingresó al cementerio. Demasiado caras, por cierto. Unas flores reales tal vez le...