Gonzalo Nicolás Arias
Compró unas flores plásticas e ingresó al cementerio. Demasiado caras, por cierto. Unas flores reales tal vez le costaría la única pierna que tenía. Por alguna razón, todavía estaba reacio a la prótesis. Por el momento le resultaba más cómodo el clásico par de muletas. Firmes, seguras. Confiables. Y más baratas.
De cualquier manera se sintió un poco avergonzado de las flores artificiales. Pero desde su perspectiva, eran una mejor opción. Eran casi tan atractivas como las orgánicas, pero con la ventaja de que perduraban en el tiempo. Como mucho podrían desteñirse hasta convertirse en una flor blanquecina. Sin embargo, eran carentes de espíritu. No eran realmente flores, sino una aproximación que lograba convencernos. Las flores reales poseían un encanto particular. El encanto de la poesía, de la minuciosidad del arte abstracto de la naturaleza. Pero era cuestión de días hasta que se convirtieran en pétalos marchitos sin ningún propósito. Más aún con el calor sofocante que invadía Montevideo en aquél Diciembre culminante.
Por eso, eran mejor opción las flores de plástico. Además, éste tarado no merece que gaste tanto en él, total, ya está muerto, pensó Fernando, y sonrió con cierta nostalgia.
Había sido el único sobreviviente de aquél trágico accidente de cuatro amigos. Los cuerpos cremados de Martin y Felipe, hermanos, descansaban ahora en el fondo de la Laguna Merín, por decisión familiar. Fernando no había comprendido nunca tal decisión. Los conocía bien, y podía afirmar que nada los unía con ese sitio en particular como para que sus cuerpos incinerados fueran a parar ahí. Sus restos habían sido excluidos de rituales privados, elevándolos (o reduciéndolos) a un vistazo general al caudal de agua. Fernando no podía evitar barajar la posibilidad de que alguien se hubiera tragado restos de cenizas humanas dándose un chapuzón.
Personalmente, había estado seis meses en cuidados intensivos, bordeando la muerte, hasta que logró recuperarse, por el módico precio de una pierna menos, quemaduras de tercer grado que le habían reinventado parte de su rostro y torso, y alguna que otra coyuntura ósea reforzada con titanio. Por lo demás, estaba bastante bien. Había sido el más afortunado.
Y el restante, era el negro Joaquín. Lo habían velado a cajón cerrado. No era más que un puzzle con cierta forma humana rebuscada descansando en un ataúd. Fernando soñó con el día de poder abandonar el hospital y visitar la tumba de su negro querido. El mejor de los cuatro. Su mejor amigo. Ese día por fin había llegado y, si bien no creía mucho en la fantasía de los cementerios y las conexiones, era la única forma que encontraba de poder acercarse a él una última vez. No crees en algo hasta que es la única opción.
Su tono de piel reflejaba la legitimidad de su apodo. Pero las bromas jamás iban dirigidas a ese aspecto. Joaquín tenía suficiente con ser cojo debido a una enfermedad congénita, y usaba gafas con tanto aumento que hacían ver sus ojos como dos faroles lejanos, lo que para sus amigos ya era un doble castigo de Dios. A Fernando se lo atacaba por el lado de su calvicie gestada ya desde la preadolescencia, y la histórica infidelidad de su mujer con su hermano. Martín, por su parte, sufría constantes halagos invertidos resaltando su tartamudez irrecuperable, y Felipe, quizá el menos afortunado, le caían bromas acerca de su cáncer. Pero aquella tendencia a fastidiar sobre el aspecto desgraciado más notorio de cada uno, superponiendo el divertimento por encima del sufrimiento, invertía los efectos negativos de las inseguridades y malas suertes. En alguna que otra reflexión grupal esporádica seria, se sinceraban sobre el impacto real de las bromas. Todos coincidían en que jamás se habían sentido ofendidos, porque todos buscaban lo mismo. La única vez más cercana a un enfado, fue cuando a Fernando se le ocurrió esconderle los lentes a Joaquín un Sábado de acampamiento, en plena noche sin ningún respaldo lumínico. La cólera fue en aumento a cada minuto. No podía valerse sin sus gafas en plena luz de día, menos a esas condiciones nocturnas. Fernando se los regresó a la media hora, por si acaso.
Aquél día quedó guardado en la memoria de todos. En aquellas ocasiones especiales entendían el verdadero valor de aquél cuarteto de amistades. Era un grupo selecto. Pocos habían por ahí capaces de ejecutar tanto destrato a la altura de las exigencias, y mucho menos soportarlo. Un destrato que en realidad reflejaba la necesidad de superar vivencias pasadas y reivindicar constantemente el cariño de cada uno, a cada uno.
Ahora estoy obligado a madurar. ¿Entendés lo que significa eso? - dijo Fernando, sentado frente a la lápida de Joaquín.
Esperó respuesta. Suspiró avergonzado al percatarse de la realidad. Pero su propia mente recreaba con exactitud la respuesta más probable que lanzaría el negro más querido de todos. No dudó en contestar.
Sí, probablemente piensen que estoy medio loco. Pero necesitaba hablarte, amigo – Fernando intentó retener sus lágrimas, pero éstas se empecinaron en salir en cantidades – No lo merecías. Ninguno merecía nada.
Claro que no – oyó decir en su mente a la voz de Joaquín – Pero la vida es así de perra. Te reías de mi por ser rengo, y ahora, estás más torcido que yo.
Al menos yo no me muevo como un péndulo. Y también sigo vivo, no como atún enlatado.
Prefiero estar del otro lado a salir a la calle con esa cara de Freddy Krueguer.
Hijo de puta...
La conversación se había vuelto tan espontánea que Fernando dudó de si realmente eran recreaciones de su cerebro. Fuera como fuese, era mejor que nada.
Te traje flores – dijo, a pesar de saber que recibiría críticas – Son de plástico, pero no importa.
Encima de cornudo, rata.
Deberías agradecer que tuve iniciativa. Por lo que veo nadie te vino a visitar, no tenés una puta flor. Es comprensible, sería como hablarle a un pollo desmenuzado.
Te fuiste al carajo.
Estamos a mano.
Fernando echó una carcajada a la vez que las personas a su alrededor lo observaban con cierta incomodidad. Pero ya ni siquiera prestaba atención. Sólo continuó hablando con su mejor amigo. Se le habían agotado las bromas, y la emoción tomó protagonismo.
Fue una imprudencia, negro – dijo Fernando – Una estupidez.
Sí. Claro que lo fue. Pero también fuimos felices.
No hay dudas de eso. Pero el costo fue demasiado alto.
Ésta vez, Fernando no escuchó respuesta. Continuó.
Sacrificaría nuestra amistad por verte con vida.
No se trata de sacrificar nada. Lo hecho, hecho está. Fuimos imprudentes. Nos costó la vida. Siempre fuimos idiotas. Sin embargo, si éste fue el costo de ser felices, con gusto volvería a pagarlo.
Negro, íbamos alcoholizados – Fernando se mostró molesto, elevó su voz, lo que llamó aún más la atención de las personas a su alrededor – Una estupidez totalmente evitable. No había necesidad...
Madurar es para frutas.
Fernando se mostró irritado ante tal frase cliché y reciclada.
Te extraño, negro. Y te amo. De verdad. No recuerdo la última vez que te lo dije, pero eso quiere decir que no solía decírtelo. Ahora ya no te tengo...
El llanto se hizo más agudo, y el pecho de Fernando comenzó a dar espasmos repetitivos que le impedían la circulación del aire. Debió respirar hondo para superar el malestar. La voz esperó a que terminara su teatro.
¿Terminaste? - inquirió la voz de Joaquín, ridiculizándole – Sabía que en el fondo eras medio marica.
Te estoy hablando enserio, negro.
Bueno. ¿Me vas a obligar a ser blandito? Yo también te amo, amigo.
Fernando sonrió y rápidamente se sintió mejor.
¿Abrazar la lápida cuenta como abrazarte a vos?
La voz echó una carcajada.
Sí. Pero tratá de no rallarla con los cuernos.