Gonzalo Arias
Al día siguiente de un triste negocio, Ernesto Ferrajoli despertó con un malestar general que le obligó a permanecer recostado. Todos sus sentidos estaban afectados por una causa aún desconocida. Le llevó un buen rato percibir el ambiente contaminado con algo en avanzado estado de descomposición. Revisó primeramente los tachos de basura, para corroborar si había olvidado recoger comida de días anteriores. Sin embargo, todos estaban o bien vacíos, o con algún que otro envoltorio de dulces y botellas de refresco ya degustadas. Revisó el baño y las cloacas en general. Salió fuera, buscando algún desbordamiento o cañería congestionada.
A pesar de conocer las particularidades olfativas de cada animal en las horas posteriores al deceso, no lo asoció con ninguna peste ya conocida. El talento de poder distinguir olores putrefactos era un atributo aprendido inconscientemente a la fuerza en su querido barrio, de donde probablemente jamás se iría. En algún momento supo de su capacidad de diferenciar entre diferentes animales terrestres y aves muertas. Hasta incluso almacenó en su memoria el hedor de un cuerpo humano, cuando luego de varios días de no ver a su tío lo encontró colgado en los tirantes de la caballeriza rodeado de dípteros de distintos colores. Fue una experiencia de trauma retroactivo. Le llevó algunas semanas darse cuenta de lo que había presenciado. Aún intentaba descifrar cómo aquél viejo decrépito había logrado trepar hasta arriba y atar la soga de forma tan ajustada.
En fin. Seguía sin saber de dónde provenía la peste. Lo sentía a pesar de alejarse, por lo que comenzó a sospechar que emanaba de sí mismo. Lo confirmó en cuanto subió a su coche y manejó por una hora, y su nariz continuaba infeliz.
Regresó a su hogar, y se metió a la ducha. No dejó ni un recoveco sin enjabonar. Se sintió aliviado y limpio, pero aún así, el olor continuaba revoloteando. En un acto contorsionista, extendió su cabeza hacia los lugares más inalcanzables de su cuerpo, para intentar descifrar de qué zona provenía. Hundió su cara en la ropa recién quitada, sin éxito. Preparó su humilde bañera improvisada y permaneció allí, remojado como lentejas. Cubrió su nariz con un palillo de ropa, y se sumergió por una hora en una preparación jabonosa que terminó por resecar su piel. Se quitó el palillo y, al inhalar profundamente, a punto estuvo de expulsar la cena del día anterior. Nada había cambiado. Incluso resultaba aún más insoportable.
Se recostó en el sofá e intentó relajarse con aquella peste persistente sin origen. Siguió revoloteando en el asunto, y su mente comenzó a elaborar teorías explicativas. ¿Existía alguna enfermedad que provocara un síntoma semejante? ¿Qué posibilidad había de que algo en su interior estuviera... Pudriéndose? ¿Debía ir a emergencias?
De tanto sobrepensar, el beso que le estampó su novia le tomó por sorpresa. Al principio no ofreció resistencia, pero de pronto recordó su situación y la apartó con un empujón desmedido que provocó en ella una reacción mezcla de miedo y confusión. Ernesto intentó remediar lo sucedido con un abrazo, pero de nuevo se apartó. Ella se incorporó y volvió a acercarse.
¿¡Qué mierda te pasa!? - reprochó ella, más que preguntar.
Mierda es lo que vengo sintiendo el día entero sin ninguna explicación, pensó Ernesto.
Perdón... - dijo él, y seguía alejándose procurando que la peste no afectara también a Elena –. No creo que sea un buen momento para que estés acá.
Elena no hizo caso y comprendió que sucedía algo más. Sólo lo abrazó temiendo que estuviera en alguna especie de crisis emocional, lo cual no era extraño en su amoroso novio depresivo. Ernesto fue despejando su tensión poco a poco y, de repente, se rindió ante una dulzura imposible de despreciar.
Pero... ¿No sentís nada? - preguntó él.
Siento que te amo. Mucho.
Me refiero a... Algo. ¿No notas una peste súper fea?
¿Qué? - Elena no esperaba aquello - ¿Te has cagado? - Bromeó. Pero Ernesto creyó que ella comenzaba a sentirlo.
No soy yo... Bueno, no sé... Realmente no sé.
¿De qué hablás, Er?
¿De verdad no...?
No siento absolutamente nada. Ni en el aire ni en vos tampoco. Estás un poco acelerado. ¿Te fumaste un porro? Sí... Tiene que ser eso. Sabés que te pega mal...
¡No! ¡No fumé nada! - se percató de su alteración y se moderó a sí mismo –, no fumé nada, mi amor. Pero estoy preocupado. Estoy sintiendo algo... Un olor... Un olor muy asqueroso, ¡rancio!... Como algo pudriéndose. Pero no es un animal. No es nada en mal estado. No es el baño, no son las cañerías. Parece no ser nada cerca. Manejé una hora para escapar y no desaparecía. Así que llegué a la conclusión de que sale de mí. Me duché como cuatro veces... Me sumergí en agua con jabón... O mejor dicho, jabón con agua. Lavé la ropa reiteradas veces... Limpié la casa con hipoclorito puro, y parece que cada vez fuese peor. ¿De verdad no?..
¡No! - Elena de verdad no percibía absolutamente nada, y comenzaba a impacientarse. Así que, para apaciguar también sus demonios, lo recostó sobre sí.
Ernesto no dijo nada más. Simplemente se relajó en los esponjosos pechos de su novia, y se quedó dormido por un rato. Al despertar, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Sentía el dulzor del perfume de Elena, y con él, una gran sensación de alivio.
¿Se te pasó el mal viaje?
Te juro que no fumé nada.
Si vos decís...
De verdad, amor. No sé... De verdad hoy fue un día muy raro. Esa peste... No era normal. ¿Puede ser síntoma de algo?
No estoy segura. No soy médica... Pero alguna vez leí sobre algo que te hace sentir olores desagradables que en realidad no existen. O alterar aromas agradables y volverlos desagradables – pensó por un momento hasta que lo tuvo -, Fantosmia. Así se llamaba.
¿Y a qué se debe?
Si mal no recuerdo podía deberse a algunos tipos de infecciones respiratorias. Pero no te persigas. ¿Seguís sintiéndolo?
Ernesto negó con la cabeza. Luego sonrió y hundió su cara nuevamente en aquél adictivo par de senos.
Ahora me hipnotiza tu perfume.
Bueno, quizá era algo pasajero. Si te sigue pasando, deberías hacerte ver. Aparte de eso, ¿Algún otro síntoma raro?
No. Realmente no.
Elena preparó la cena, y la noche sólo fue a mejor. Sin embargo, no pudo ella dejar de mencionar una cuestión. Aunque ésta vez, sin rodeos.
No creas que no me dí cuenta – dijo de pronto.
¿Qué cosa? - Ernesto aguardó la respuesta con el tenedor a medio camino.
¿Dónde están todas tus cosas?
Ernesto estuvo a punto de devolver una pregunta del estilo; ¿Qué cosas?, pero sabía perfectamente a qué se refería Elena. Simplemente sonrió con cierta melancolía, sin contestar.
Te vas a arrepentir – continuó ella.
Ya estoy arrepentido – confesó –. Pero es mejor así.
¿Es mejor renunciar a tus sueños?
Los sueños tienen que tener cierta lógica y cierta probabilidad de éxito. No tengo ninguna de las dos.
La lógica es tu pasión, y la probabilidad de éxito únicamente es cero cuando no lo intentás.
Ambos giraron su cabeza simultáneamente y observaron con desilusión y melancolía aquella habitación vacía donde hasta hace unas pocas horas se extendía por todas partes una variedad de instrumentos musicales que se habían reducido a valor monetario.
Ernesto se quedó en silencio. Cenó y debió, desde entonces, ajustar sus reflejos. Dos por tres tendía a dirigirse hacia la habitación donde anteriormente relucía su estudio musical, y donde ahora el aislamiento sonoro no cumplía ninguna función.
Claramente no recuperé lo invertido hace unos años – dijo él – Pero considerando que eran instrumentos con tanto uso, creo que salí ganando.
Fue un pésimo negocio, Er.
¿Por qué decís eso?
Es evidente.
De verdad gané dinero.
A eso me refiero. Fue tan pésimo acuerdo que solamente ganaste dinero. No importa que tan pocas sean tus posibilidades comparado con la grandeza de tus sueños. Eso no debería ser un motivo para abandonarlo. Por el contrario, debería ser la motivación más grande. El mayor éxito es nunca abandonar lo que te apasiona.
No voy a oponerme a todo lo que decís. Claro que tenés razón. Pero la verdad es que ya no tengo tiempo para eso.
Decir que no tenés tiempo para tus pasiones es dejar morir tus sueños.
El intenso perfume de Elena se marchó con ella tras la puerta, y la peste que anteriormente había estado atormentado a Ernesto, regresó con más tenacidad. Él comprendió entonces su origen. Efectivamente provenía de su interior; desde su cerebro y su corazón. Eran sus sueños que se estaban pudriendo.
Sólo comenzó a esfumarse en el momento en que Ernesto tomó una hoja de papel y comenzó a bosquejar una nueva canción.
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