viernes, 18 de septiembre de 2026

Cuestión de alma



Breve introducción: 

El tiempo también puede ser un martirio, pero es necesario luchar contra él, hasta el último ápice de oportunidad. Siempre admiré con especial esmero a todas aquellos seres humanos eternamente jóvenes de alma, a pesar de haber vivido varias décadas y aunque el cuerpo en ocasiones se niegue a responder. Aquellos que se aferran a la vida y a la plenitud. Por favor, nunca abandonen su juventud.



Cuestión de alma


Gonzalo Arias


Ramiro había logrado, durante años, mantenerse al margen de la realidad. Aún conservaba el espíritu juvenil, aunque sus articulaciones le reprocharan a cada movimiento un nuevo criterio. Supo convivir incluso con las constantes recuerdos a su alrededor, hasta aquél fatídico día que decidió subir al ómnibus maldito. Una línea que generalmente no usaba. Recordaba entonces la importancia de mantenerse en lo cotidiano, cuando un desvío mínimo podía obligarlo a resignarse.


Ojalá nunca aquél amable joven le hubiera ofrecido su asiento. No era malo el gesto en sí, sino su insistencia. Ramiro se mantuvo firme en su negativa, y el muchacho parecía insistir en la necesidad de aliviar su condición de anciano. A la tercer insistencia le resultó molesto, y Ramiro se mostró notoriamente afectado. Hubiera querido enojarse e intimidarlo hasta el arrepentimiento, pero un suspiro entrecortado por una pena creciente fue lo mejor que pudo ofrecer.

Finalmente se rindió. Tomó asiento agradeciendo sin ninguna satisfacción, y el joven se mantuvo de pie el resto del viaje, lo cual no le suponía ningún problema.

Debía admitir que sus muslos suspiraron al tomar asiento. Una sensación gratificante. Pero el cansancio era también parte de los jóvenes. De los humanos en general. La fatiga no guardaba relación alguna con sus siete décadas recién adquiridas. ¿O sí?


No intentó socializar con su acompañante como solía hacer a diario. Era un momento de reflexión personal. Sólo dedicó su atención al atardecer rojizo y las rodillas aparentemente sanas de los corredores que copaban la rambla de Montevideo. Se preguntó si sería capaz de entrenar hasta alcanzar un nivel semejante, o si de pronto era tarde. Tarde para correr, tarde para rejuvenecer. Para vivir.


Refugiado en su alquiler perpetuo, se observó en el espejo salpicado de jabón. Halló algo que con anterioridad no había percibido, o que quizá, probablemente, sólo ignoraba. Extensos surcos se extendían a lo largo y ancho de su rostro. Las manchas en su piel cobraron vida y color alarmante. Aquello no era normal, pensó. Tampoco lo era la cantidad de pelo que yacía en su palma luego de frotar su cuero cabelludo. Parecía estar abandonando de pronto una de sus mayores virtudes, la cual despertaba admiración en los demás; la incompatibilidad de su apariencia con su edad real. Ya no recibiría elogios. Ya no trataría de generar aún más desconcierto al admitir que, en realidad, no seguía ningún tipo de tratamiento fortalecedor capilar ni de rejuvenecimiento; sino que se trataba únicamente de su genética privilegiada. El tinte castaño sutil pronto le resultó ridículo, hasta el punto que, en un acto impulsivo, deslizó la afeitadora por cada rincón de su cabeza, dejando al descubierto sus raíces corroídas por un blanco brillante.


Intentó reconocerse delante de un espejo mentirosamente realista. Colocó una toalla encima del reflejo revelador y se dispuso a abandonar su hogar que, por primera vez en su vida, dejó de inspirarle confianza. Algo parecía estar cambiando más de prisa de lo esperado. Todo perdía sus tonos coloridos y se tornaba una deprimente escala de grises. No quería transformar su espacio personal en el epicentro de su deterioro.

Se dispuso a intentar reavivarse con los últimos rayos de sol, pero incluso el clima se había puesto en su contra. Las nubes desbordadas amenazaban con enviar un diluvio de los que mantienen a los de su clase resguardados por posibles efectos secundarios de la humedad. Rodillas punzantes, caderas quejosas.


Intentó remediar la ansiedad con su amplia sonrisa característica, pero a pesar de los reiterados intentos, no surgió ningún efecto. Su semblante radiante ya no era más que un simple esboce forzado sin esencia. Intentó idear algún plan salvador, pero su mente no lograba encontrar un quehacer con la facilidad de hace poco más de una hora, antes de que aquél joven amable lo había tratado indirectamente de viejo incapaz. No tuvo mejor idea que deslizarse por un banquillo resbaladizo por la pintura reciente, y reflexionó sobre los efectos secundarios de la amabilidad y sus sinónimos. En verdad, las realidades particulares podían interpretar de la manera mas equívoca los principios más admirables. Eso le había sucedido a Ramiro. Su miedo más extenso y mejor guardado, se había materializado por un simple gesto de humanidad. La vejez había dejado de ser una elección, para pasar a ser un síntoma generalizado. Abandonó de pronto su visión del tiempo para amoldarse a lo mayoritariamente aceptado. Claro que era un error, y así lo entendía. Pero como todas las cosas que se aceptan únicamente por voluntad general o por sentimentalismo, el parásito ya se había expandido dentro de sí, incapaz de curarse.


Por primera vez en varias décadas de existencia se hundió en un sueño impulsado por el desgaste emocional. Una nueva sensación que, al despertar, le mantuvo dulcemente postrado en la profundidad de su negatividad.


Se puso de pie de un tirón, y debió agarrarse a una barandilla debido a un mareo repentino.


Quizá ya era hora de actuar como alguien de su edad. Sólo quizá, porque Ramiro bien sabía separar entre alma y cuerpo.


Lamentablemente el cuerpo se desgasta, pero el alma se mantiene intacta.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuestión de alma

Breve introducción:  El tiempo también puede ser un martirio, pero es necesario luchar contra él, hasta el último ápice de oportunidad. Siem...